Que los semáforos son esos aparatos que están en las ciudades con tres luces que sirven para regular el tráfico lo sabemos todos; que los pasos de cebra son unas rayas blancas pintadas en las calzadas que dan prioridad a los peatones sobre los vehículos si no existen señales que manifiesten lo contrario, también es algo conocido por todo el mundo. Sin embargo, es bien sabido que tanto los semáforos como los pasos de peatones son utilizados muy relativamente por los ciudadanos que hacen un uso poco estricto de los mismos. Es más previsible que aquellos, los semáforos, tengan mucha más utilidad y sean más respetados por razones de seguridad que a nadie se les escapa. Pero, éstos, los pasos de cebra, sirven para, cada vez, menos y el personal respeta su función cuando les viene en gana o cuando la peligrosidad vial no es demasiado alta. Más de una vez he tenido ciertas broncas dialécticas con papás y mamás que, con toda la naturalidad del mundo, cruzan, con sus hijos, semáforos en rojo, dando con ello un nefasta lección de educación ciudadana y poniendo en evidencia lo que se le enseña a sus hijos al respecto en los colegios. Desgraciadamente los valores están sujetos a esas veleidades de la propia sociedad y las actuaciones ciudadanas se ven, demasiadas veces, mal utilizadas o, simplemente, llevadas a cabo como a cada cual le interesa. El otro día fui testigo de cómo, en un paso de cebra de los regulados por semáforo, una jovencita en bicicleta lo cruzaba alegremente en rojo, llevándose por delante a un señor que en ese momento tuvo la desgracia de encontrarse con ella. Se le llamó la atención por parte de los que allí estábamos, mientras la adolescente, con todo el descaro del mundo, mostraba, vociferante y con actitudes poco correctas, la nula educación que tenía. Son los modos, demasiado habituales, de una sociedad con evidentes visos de decadencia.

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