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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

A año por víctima

Quitar la vida es un acto sin posibilidad real de perdón o redención al no existir la de restituir lo sustraído

No sé si me producen más repugnancia los etarras cuando se arrepienten de sus crímenes y piden perdón o cuando no lo hacen. Creo que en ambos casos por igual. Porque su arrepentimiento no resucita a quienes asesinaron y la petición de perdón puede ser manipulada contra las víctimas presentándolas como vengativas y mezquinas si no lo otorgan. Quitar la vida es un acto sin vuelta atrás y sin posibilidad real de redención al no existir la de restituir lo sustraído. En cuanto a perdonar, al único que de verdad podría hacerlo -que es la víctima, antes que sus familiares- le fue arrebata esa posibilidad precisamente a causa del acto por el que se pide perdón: los muertos no pueden perdonar.

Quienes somos partidarios de la cadena perpetua para los crímenes terroristas y otros de especial ensañamiento y crueldad partimos de estos principios objetivos. Quien decide racional y fríamente asesinar sabe que comete un acto sin reparación posible. Nadie, ni tan siquiera Dios para los creyentes, puede devolver su vida a la víctima. Otra cosa es la vida eterna, pero la Justicia, lógicamente, ni puede ni debe tenerla en cuenta. Al igual que otra cosa es el perdón cristiano que la Justicia tampoco puede ni debe considerar.

Condenada a más de 2.000 años de cárcel por participar en 23 asesinatos, entre ellos el de los doce guardias civiles de entre 18 y 25 años del atentado de la plaza de la República Dominicana de Madrid, la etarra López Riaño abandonó ayer la cárcel tras cumplir sólo 23 de condena. A año por víctima le ha salido la cosa. Se arrepintió. ¿Y qué? Su arrepentimiento no puede resucitar a sus 23 víctimas. Y encima se autocompadece. Hace un año hizo pública una carta en la que escribía: "Pido perdón de corazón a todas las víctimas y familiares… Las muertes de este comando [Madrid] me duelen en lo más profundo del alma y aún más por no haber podido hacer nada por evitarlas. Yo tan sólo tenía 20 años y aun así me jugué la vida en ese intento. Me costó siete años de mi vida en Argelia y que se me condenara a una pena terrible". Quienes se jugaban la vida, y la perdieron, fueron sus víctimas, a las que las acciones de López Riaño no les "costaron" siete años, sino toda la vida que les quedaba por vivir; porque fueron condenadas por ella y los suyos a una pena infinitamente más terrible que 23 años de cárcel: la muerte. A veces la ley vulnera la justicia.

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