La tribuna

Marín Bello Crespo

La antorcha olímpica, en peligro

EN la antigua Grecia, conglomerado de ciudades-estado continuamente enzarzadas en guerras y conflictos, pero conscientes y orgullosas de su pertenencia a un origen y cultura comunes y de su adscripción a un destino compartido, se celebraron, en la ciudad de Olimpia, desde al menos el año 776 a.C. hasta 393d. C. unos juegos atléticos con la participación todos los helenos, durante cuyo transcurso se declaraba una tregua sagrada y se prohibían las declaraciones de guerra.

A finales del siglo XIX, el barón Pierre de Coubertin rescató el maravilloso ejemplo de los juegos griegos para implantar en el mundo, con la misma periodicidad de sus creadores -cada cuatro años-, la celebración de un certamen deportivo de ámbito universal que conjugara la exaltación de los valores más nobles y contribuyera al acercamiento entre los pueblos y, en definitiva, a la armonía y a la paz. Los primeros Juegos Olímpicos del mundo moderno se llevaron a cabo en 1896 en Atenas, como homenaje a la civilización precursora. Desde entonces, y hasta los últimos, que tuvieron lugar en la capital griega en 2004, solamente las dos guerras mundiales han impedido su celebración, aunque en muchas ocasiones no han estado exentos de acontecimientos trágicos, como el asesinato por terroristas palestinos -murieron cinco de ellos- de trece personas en Múnich en 1972, o la muerte de dos personas causada por una bomba en Atlanta, en 1996.

También la política ha intervenido en ocasiones en forma de boicot: en 1980, los Estados Unidos y muchos países occidentales, hasta un total de cincuenta y ocho, no asistieron a los Juegos de Moscú en protesta por la invasión de Afganistán; los siguientes, celebrados en Los Ángeles, no contaron con la participación de la Unión Soviética y otros trece países. En definitiva, no ha sido fácil mantener vivo y vigente el legado del barón de Coubertin, plasmado en lo que se llama "espíritu olímpico" y que se concreta en el conocido emblema de los cinco aros.

Lo anterior viene a cuento a raíz de las acciones llevadas a cabo por manifestantes tibetanos y de otros países para impedir el normal recorrido de la llama olímpica en su trayecto desde Olimpia a Pekín como protesta por la represión de China en el Tibet y, desde luego, por la ocupación china del territorio tibetano desde 1950, y los anuncios y peticiones de boicot a la ceremonia inaugural.

La provincia china actual del Tibet tiene una extensión de 1.200.000 kilómetros cuadrados ( al parecer, el Tibet histórico era dos veces más grande) y no llega a los tres millones de habitantes. Su altitud media es de más de cuatro mil metros y desde el siglo XIII, en que fue anexionado al Imperio Mongol, ha pertenecido a China, a Mongolia y, durante un breve periodo, a Inglaterra. Sólo las guerras exteriores y civiles de China permitieron, según todos los indicios, la existencia de un Estado dirigido por el Dalai Lama, al que la ocupación china puso fin hace ahora cincuenta y ocho años.

En el problema tibetano confluyen varios y complejos factores de tipo religioso, cultural, demográfico y político; la resistencia al ocupante está representada, en principio, por dos tendencias: la que encabeza el Dalai Lama, de orientación pacifista -de acuerdo con los principios del budismo-, abierta a la negociación y, en cierto modo, seguidora de las tesis de Ghandi, y la que aglutina a un cierto número de organizaciones pro derechos humanos en el Tibet, formadas por estudiantes tibetanos de padres exiliados en la India y secundadas por organizaciones que se han extendido a otros países adquiriendo una dimensión internacional, como la llamada Estudiantes por un Tibet Libre. Esta tendencia preconiza una acción más directa contra los Juegos Olímpicos de Pekín, a cuya celebración sin incidentes es favorable, sin embargo, el Dalai Lama. La división y, por tanto, la confusión, está servida. De ahí las llamadas a la calma del líder político y religioso de los tibetanos, consciente de haber perdido el control de la situación.

El Parlamento Europeo, por su parte, ha instado al boicot de sus países miembros a la ceremonia inaugural si las autoridades chinas no retoman los contactos con el Dalai Lama. Y China, entretanto, culpa a la CNN y a quien se le pone por delante de las algaradas alrededor de la llama olímpica, mientras en el pueblo chino comienza a extenderse un sentimiento de afirmación nacional frente a las presiones foráneas que nos retrotrae a tiempos muy, muy pasados, en que las relaciones de China con el resto del mundo eran bastante diferentes.

Una vez más, los Juegos Olímpicos están en el ojo del huracán. Si todo el revuelo que se ha formado sirviera para proteger los derechos humanos de los tibetanos, habrá valido de algo. Pero me temo que el asunto despierta un interés limitado, porque es un asunto muy viejo que ya está asumido y amortizado por mor de las nuevas relaciones de poder económico y político, y del peso creciente de China. Dios quiera que no haya un perdedor más: el espíritu de convivencia y el abrazo de fraternidad que simbolizan, para todos los hombres, los aros olímpicos.

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