Francisco Bejarano

Las bibliotecas

AJulián Marías no le preocupaba que las bibliotecas privadas se deshicieran a la muerte de quienes las habían formado como labor de toda una vida de dedicación y búsqueda. Pensaba que volvían a las librerías de lance para que otros continuaran formando bibliotecas que, a su vez, tendrían igual destino. Creo que lo decía porque contaba con dos hijos escritores, uno muy conocido, y era bastante probable que conservaran para sí, si no todos, la mayoría de los libros acumulados por su padre. Las bibliotecas crecen irremediablemente y se multiplican como los seres vivos. En muchas ocasiones llegan libros sin que medie la voluntad del poseedor, porque hay una conciencia, una complicidad entre los amantes de los libros que los inclina a no tirar ninguno, que sería grave herejía libresca, sino a pensar en las personas a las que les puedan convenir. La intención no siempre se resuelve bien.

Quienes tienen una abundante biblioteca adquieren fama sólo por eso entre los aficionados a los libros, parientes y allegados, recibe libros como regalo y con relativa frecuencia, a la muerte de un conocido, los llaman para que se haga cargo de la pequeña colección que los herederos no van a conservar, unas veces porque no tienen sitio y otras porque los libros que quedan no les interesan. Para los libros es lo menos doloroso, pues pasan de un cuidador a otro y van a vivir a casa distinta pero con el mismo ambiente. Los días de revisión y selección de los volúmenes que llegan de golpe son felices y cortos, una eficacísima terapia contra los desánimos, esos pequeños estados depresivos que a todos nos acechan. Lo doloroso para los libros es caer en manos de quienes sólo ven ellos una mercadería para exponer en los rastros, a la humedad y al calor, condenados a la disgregación en muchas manos, no siempre santas.

Hoy es la clausura de la Feria del Libro de Ocasión (y algunos antiguos). Ha mejorado bastante en los últimos años y, aunque la mayor abundancia es de obras ante las que pasar de largo, hay una caseta de una verdadera librería de viejo donde podemos encontrar ejemplares únicos de obras ya raras de conseguir. Atención especial, si bien están desperdigados por todas las casetas, debemos prestar a los saldos de las editoriales con buen nombre y buenas publicaciones que pronto serán raras (Juventud, Muchnik, Andrés Bello, Nobel, Crítica, entre las que me vienen a la memoria) y que muy pronto desaparecerán para siempre, aunque nos queden las librerías de lance, a las que, al igual que Julián Marías, debemos estar agradecidos, porque nos hacen tener "una idea más completa y más justa de lo que hemos sido, de lo que somos, de lo que acaso podríamos seguir siendo en el futuro."

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