Todo bien

Si yo fuese jurado del Princesa de Asturias, proponía el de las Ciencias Sociales ex aequo a Puigdemont y a Boadella

Ya escribí un artículo recapitulando la de cosas buenas que nos ha traído a los españoles el dichoso procés. Caí en la cuenta hablando con unos ingleses que me decían, envidiosos, que ellos no se habían reído tanto con lo de Escocia como nosotros con Cataluña. Ni por asomo circularon tantos chistes, tantos montajes, tantas ocurrencias. Lo de Tabarnia ha sido el remate jocoso. Pero ellos tampoco sufrieron tanto, les he recordado yo, orgulloso. Así somos aquí, pasionales, con el corazón roto partiéndonos el bazo.

Y ha surgido un patriotismo transversal, moderno, desacomplejado. Eso es impagable, como deberían de saber todos los que hicieron, desde el poder y el presupuesto, intentos ñoños como "el patriotismo constitucional" o "la marca España". Hemos aprendido que la división de poderes y el imperio de la ley no eran palabras huecas para que los políticos reformistas se hiciesen su hueco y luego las olvidasen. Se han revelado como conceptos fundamentales de los que pende la unidad de nuestra nación y nuestras libertades.

Hemos descubierto y se han descubierto millones de catalanes que se saben españoles. Sacarlos del armario ha sido la gran contribución del nacionalismo. Si yo fuese jurado del premio Princesa de Asturias, proponía el de las Ciencias Sociales ex aequo a Puigdemont y a Boadella. Iban a ver los ingleses cómo nos reíamos, pero en serio. Luego, si Carles no viene a recogerlo, pues ya se lo queda Boadella todo entero.

Éstas (y más) son lecciones colectivas que pueden aplaudirse desde la barrera, pero hay una gran lección moral que nos interpela uno a uno. La importancia del compromiso de cada cual. Véase el juez Llarena, por ejemplo, o la juez Carmen Lamela. O el esfuerzo del pequeño partido VOX, que no ha cejado de perseguir jurídicamente a los golpistas, y cuyo protagonismo en varios momentos claves del proceso tendrá que escribirlo alguien. El caso del joven Jaume Vives, que la ha liado parda prácticamente solo desde un balcón de Barcelona con dos bafles, también resulta atronadora.

Le hemos dado la vuelta, amigos ingleses, a la frase maravillosa de vuestro Edmund Burke: "Para que triunfe el mal basta que los hombres de bien no hagan nada". No ha triunfado un golpe ni el nacionalismo racista ni la ruptura de una vieja nación ni el fracaso de nuestro orden constitucional, no ha triunfado nada, por un puñado de personas buenas. Tenemos que celebrarlo.

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