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Por si acaso

Pablo Gutiérrez-Alviz

pga@grupojoly.com

Los buenos propósitos

En enero, si la salud es lo primero, uno se intenta blindar contra los malos hábitos alimenticios y el sedentarismo

Muchas personas se llenan de buenos propósitos en dos etapas concretas de cada anualidad: los días finales de año y las últimas jornadas de las vacaciones estivales. En septiembre parece que el buen ánimo ya se limita a visitar el gimnasio y a intentar aprender inglés de una vez. Según la propaganda incluso hay gente que empieza a coleccionar por fascículos miniaturas de carros de combate de la Segunda Guerra Mundial. En enero la cosa se agudiza por las excelentes intenciones sembradas durante el periodo navideño (no solo familiares), y puede que también por la machacona publicidad sobre colecciones de todo tipo: disfraces de Star Wars, antología de cómics...

Si la salud es lo primero, uno se intenta blindar contra los malos hábitos alimenticios y el sedentarismo. Es decir, caminar y nada de alcohol, fritos, etc. Pero según ciertos ensayos, el consumo diario y moderado de vino resulta muy saludable. Y si la fritanga es con aceite de oliva solo reporta beneficios. Ahora recomiendan el arroz porque la dosis de zinc que contiene protege de muchas enfermedades.

Hay que cuidar el medio ambiente: no coger el coche y clasificar los residuos. Un reciente estudio sobre el tráfico rodado tradicional y los consabidos efectos de la contaminación acústica y atmosférica (partículas de zinc, incluidas) extiende sus perjuicios no solo a los padecimientos pulmonares, sino también a los trastornos cognitivos como la demencia. El informe lo achaca al hecho de vivir cerca de una carretera o de zonas urbanas de intensa circulación.

En la vida laboral deberíamos ser más inteligentes. Unos psicólogos yanquis aseguran que para desarrollar la inteligencia y ejercitar la memoria no hay nada como hablar solo y decir muchas palabrotas. Lo mismo trabajan en un manicomio y andan confusos.

Este año puede que veamos por la calle a algunas personas disfrazadas de Yoda o de princesa Leia que hablan solas y sueltan muchos tacos. Habrían tres causas posibles: acaban de salir con mala bebida de una fiesta, quizá se han vuelto dementes por el tráfico, o es que están repletas de buenos propósitos para 2017. En todo caso, voy a dar un silencioso paseo y tiraré mi disfraz de Darth Vader al contenedor de residuos pertinente. Luego, con una copa de tinto, me tomaré una tapa de boquerones fritos con aceite de oliva y una ración de paella con todos sus avíos. Por el zinc, por supuesto.

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