Desde el nido del cuco

La caída de un coloso (I)

El pasado domingo a mediodía me llamó mi amigo Felipe Morenés y me dijo: "Tengo que darte una mala noticia, la vieja encina que tanto apreciábamos en la esquina de la Avenida con la calle Caldas ha caído esta noche". Sentí una profunda tristeza y el sentimiento de que algo bello de Jerez de algunos cientos de años ya no estaba entre nosotros. Rápidamente salí a verla y allí, inerte, muerta, estaba ese coloso con su profunda copa en el suelo y su robusto tronco tronchado, mostrando una cierta podredumbre en el centro, hecho que junto al tremendo vendaval habrían sido sin duda la cusa de su muerte. Alrededor el paisaje de árboles destrozados, cipreses, pinos mediterráneos y palmeras, principalmente, mostraban un paisaje desolador.

Esa misma mañana en los foros de los amigos jerezanos amantes de nuestro patrimonio natural ciudadano, quisimos hacer un repaso de los gigantes arbóreos que nos quedaban. Recomiendo el libro "Árboles singulares de Jerez", una perfecta guía para conocer nuestra arboleda urbana.

No obstante, hablando con mi admirado Iñigo Sánchez, el más ilustre botánico que tenemos en la ciudad y con mi compañero, el historiador de la naturaleza gaditana Jose Manuel Amarillo, hemos repasado los gigantes arbóreos que quedan en nuestro Jerez .Nos vamos a referir a especies del genero Quercus propios de nuestras sierras ,de los Montes de Propios, entre otros, arboleda que configuran, junto al modesto y no bien reconocido acebuche (Olea europaea) el paisaje boscoso de nuestro entorno serrano. Especies que personas bienintencionadas han plantado en nuestra ciudad en un intento, loable, de traspasar nuestros bosques a la urbe. De ello hablaremos en nuestra próxima columna.

No obstante, nuestra encina, de la que ya hablé en un artículo anterior en referencia a los estorninos que lo habían usado de dormidero, ya es un mero recuerdo. Por cierto esa misma noche, el domingo, bandos de tordos estaban recorriendo la zona, estupefactos por haber perdido semejante cobijo, ¡que buenos ratos contemplando al atardecer sus acrobáticos vuelos!

Por ahora un momento de silencio y respeto por un monumento jerezano de incalculable valor.

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