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Desde dentro

En política no basta hacerlo mal para destruirte, tienes que empollar activamente el huevo del rival

En el artículo de ayer dejé un cabo suelto, resignado, porque no me cabía. Me pasé el día temiendo que alguien lo señalase, y me fastidiara el artículo de hoy, éste, donde trato de atarlo. Hubo suerte. Ayer sostenía que el PP había abonado meticulosamente el terreno para el sorpasso de Ciudadanos. Primero, presentándose como el partido del voto útil, por encima de principios y de valores inamovibles. Segundo, abominando de la derecha y venerando al centro. Ahora venía un partido adánicamente de centro y más ágil y versátil para la actual coyuntura.

El cabo suelto era que el PSOE hizo milimétricamente lo mismo con Podemos. Alimentó el vacío que Podemos venía a llenar. Por un lado, sobreactuó sus aspavientos de asco ante el PP, colmo de todos los males. De modo que cualquier pacto con el PP, por más necesario o lógico o imprescindible que resultase sería tenido por sus bases como la mayor de las traiciones. Por otro lado, el PSOE cultivó la estética y la retórica de la izquierda más antisistema. Cuando han llegado unos que odiaban de verdad al PP y creían de verdad en el radicalismo se han encontrado con unos votantes perfectamente entrenados por el PSOE… contra el PSOE.

Tras el desinfle de Podemos, esto parece importar menos, aunque demuestra un modus operandi. Ahora le ha tocado al PP tomar dos cucharadas de su misma medicina. Pero también le está pasando al nacionalismo catalán con Tabarnia. Los antinacionalistas interiores, digamos, les están pagando con su propia moneda: para balanzas fiscales las de Barcelona y Tarragona y para mayorías democráticas las suyas. No hay argumento que los nacionalistas hayan usado contra España que los tabarnienses no vuelvan a usar, gozosamente, a favor de España, pasando por su independencia de Cataluña, si se encarta. El nacionalismo no sólo los ha creado, sino que les ha regalado el argumentario.

Bastan estos ejemplos para pasmarnos de la razón que tenía Spengler. Nadie destruye a nadie que no colabore activamente en su desmoronamiento desde dentro. No sólo porque lo haga fatal, como con la corrupción, sino porque favorezca al enemigo positivamente. Algo tan dramático tiene su lectura optimista. Si estamos atentos y no caemos en una espiral autodestructiva, podemos detectar qué es aquello nuestro que carcome nuestra resistencia y arreglarlo. No debe de ser fácil, a la vista de los ejemplos, pero habrá que estar ojo avizor.

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