Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Un dolor revisable

En La piedad peligrosa, Stefen Zweig narra cómo un joven teniente de artillería austriaco, para calmar una culpa anterior, comienza a frecuentar a una muchacha postrada en una silla de ruedas, a quien no sólo asegura sin fundamento curación, sino que acaba enamorando a pesar de que él, lejos de verdadero amor, siente pura compasión por ella. Ella acaba por suicidarse. La misericordia, piedad o compasión que sentimos por otros que no nos son inmediatamente cercanos -madre y padre, hijos, hermanos, amor, amigo íntimo quizá- suele llevar mal disfrazada a la superficialidad o la pose plañidera. La tragedia del niño de Almería asesinado por la novia de su padre ha dado lugar a riadas y toneladas de solidaridad, indignación, grandilocuentes declaraciones e hilos de pececitos y girasoles, que a todos nos han llegado por la progresión geométrica que proveen las redes sociales. Si el teniente Hofmiller utilizó la parálisis de aquella chica húngara para lamerse su marcial tormento, empujándola a la muerte, la sobredosis de lágrimas de almíbar de este terrible suceso ha puesto a las claras que la compasión de powerpoint y lazo de color es, en general, falsa, o al menos superficial y pasajera. A pocos encoge la garganta por verdadera pena de la desgracia. Y que la tele y Facebook nos aportan gratuitas dosis de falsa piedad. ¿Ha perdido usted el sueño por este asesinato vil? ¿O se ha dejado llevar por el morbo un poco... o a todo lo que daba la cosa? Aunque casi nunca he participado de los actos colectivos de misericordia por lo que nos es en el fondo lejano y es un gran sufrimiento para los afectados, resulta sospechosa de trivial u oportunista tanta difusión y comentario de este hecho, fatal para su familia. Sufrimiento de niños como éste, y aún más cruentos, los hay muchos y a diario en el mundo. En Siria, epicentro de la brutalidad y la crueldad contemporánea, donde los rusos o los otros bombardean o pasan a bayoneta a poblaciones civiles todos los días, matando centenares de niños, mientras comentamos frente a la tele y un pollo con ensalada ésta u otra desgracia, haciendo gala de una ética indolora que debemos hacernos mirar en el mundo de la hiperconectividad: la de plañidera era una profesión. Unos aprovechan los trenes baratos del pobre Gabriel para atacar a quienes no creen en la prisión permanente revisable. Otros dicen que aquellos de allá son unos fachas que piden tal cosa por odio a los inmigrantes, condición que ostenta la más que probable asesina del Pescaíto. Sagaces detectives, castigadores de ocasión, compungidos narradores. España bipolar. Hagámonos ver la compasión de moda.

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