Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

¿En qué hotel durmió anoche?

Señor Zuckerberg, ¿se sentiría cómodo diciéndonos el hotel en el que se quedó a dormir anoche? ¿Podría decir aquí los nombres de las personas con las que se ha intercambiado mensajes en los tres últimos días? Las preguntas se las hizo un congresista de EEUU al creador de Facebook durante la dura comparecencia en la que el dueño de la red social tuvo que dar explicaciones por la filtración masiva de millones de datos personales a una empresa especializada en manipular campañas políticas. Este caso, el de Cambridge Analytica, tiene toda la pinta de que va a marcar un antes y un después en el campo si vallar que han sido hasta ahora las redes sociales, que hemos convertido en las instituciones privadas que mayor poder han tenido a lo largo de la Historia, lo que no es decir poco. Los legisladores norteamericanos están dispuestos a poner pies en pared y el propio Zuckerberg reconoció que las cosas han llegado a un límite insostenible.

Pero si se ha llegado demasiado lejos ha sido con la colaboración necesaria de todos los que hemos entrado en el juego: es decir, de los miles de millones de personas que a cambio de sentirnos hiperconectados y parte del mundo global hemos regalado nuestra intimidad. Vaya negocio. ¿De verdad que no se habían preguntado nunca cuál era el negocio de Whatsapp o de Twitter y por qué valían miles de millones? ¿Nos ponía Google a golpe de clic toda la información que necesitábamos a cambio de nada? Las respuestas, si alguien tenía alguna duda, están ya meridianamente claras. Nuestras vidas, que son nuestros datos, y la capacidad de manipular e influir sobre ella es en estos momentos la mercancía más valiosa que existe, porque abre las puertas al dinero y al poder. Quien posea los datos y la capacidad de manejarlos, venderlos o comprarlos es poderoso y rico. Que se lo pregunten a Trump o se lo pregunten a Putin, pero que se lo digan también a Jeff Bezos, dueño de Amazon, o a Jack Dorsey, que lo es de Twitter.

La pregunta que nos toca hacernos a nosotros es por qué hemos valorado tan poco nuestra intimidad y nos hemos lanzado como posesos a contar quiénes somos y qué pensamos a cambio de poder mandar mensajes, muchas veces innecesarios y pueriles, o estar a la última subiendo fotos y esperando un me gusta como sin ello nos fuera la vida. Como si fuésemos los inmaduros egocéntricos que, posiblemente, para todos los citados, seamos.

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