Una lección ejemplar

Como le escuché una vez a Jesús Quintero, y aquí vuelve a repetirse, los más grandes son también los más sencillos

ES probable que él, que era tan aficionado a la fiesta y sus ricas expresiones, hubiera dicho que el nuevo año viene con las del Beri. Hablo, claro, de don Manuel Olivencia, que se marchó discretamente en las primeras horas del primero de enero. Y con él se va yendo toda una generación de personajes extraordinarios que empezaron su magisterio hacia la mitad del pasado siglo y lo han continuado hasta el final de sus días, representantes allá donde hayan prestado sus impagables servicios (en la abogacía, en la alta política, en la universidad, en la vida misma…) del mejor ideal de andaluz culto y cosmopolita. Mucho, y bien, se viene escribiendo estos días sobre el profesor Olivencia en los distintos ámbitos de su dilatada y fecunda carrera profesional. Desde sus inicios bolonios como jurista hasta la compaginación de la cátedra de Derecho Mercantil con el ejercicio de la abogacía en su prestigioso despacho junto a Francisco Ballester; desde el complicado comisariado de la Expo a su participación activa en las más altas instituciones legislativas españolas e internacionales. Permítanme añadir un mérito más: yo es a la persona que mejor he visto hablar en público nunca, ya sea en una clase de Derecho, en una conferencia sobre la reforma de su Ley Concursal o en la presentación de un libro. La precisión en el lenguaje y la utilización perfecta del idioma, algo tan poco valorado hoy, junto a su fino sentido del humor, hacían que el contenido del discurso, de por si enjundioso, tuviera el brillo académico, un punto aristocrático, de los grandes oradores.La inmensidad de su legado nos deja, sin embargo, algunas lecciones fáciles. Se puede llegar a tener gran proyección internacional, y ser reconocido en las más altas instituciones, sin renunciar necesariamente a los orígenes. Se puede tener una vasta cultura y no perder el tren de la modernidad, y defender al mismo tiempo donde proceda la vigencia de la cultura popular en la mejor expresión. Puede uno tratar al mismísimo rey de España con familiaridad, y al día siguiente pararse a saludar en plena calle a un antiguo alumno de Derecho. Y todo ello con la satisfacción de haber dejado su impronta en el seno de la familia, como podrá decir quien haya tratado a cualquiera de sus hijos. Como le escuché una vez a Jesús Quintero, y aquí vuelve a repetirse, los más grandes son también los más sencillos.

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