Desde el nido del cuco

El maestro Villatoro

Corría el mes de junio de los últimos años de la década de los sesenta del siglo pasado. Habiendo terminado ya el colegio, los chavales nos acercábamos cada atardecer de aquellos veranos al Parque González Hontoria para saborear los caracoles que, en los chiringuitos allí existentes, se ofrecían a los jerezanos. Justo unos minutos antes de la puesta del sol, la banda de música del Ayuntamiento, desde el templete municipal, nos deleitaba con encantadoras melodías que acompañaban muy bien los lánguidos atardeceres entre la arboleda de nuestro hermoso parque. Además, la rosaleda allí existente derramando sus perfumes, completaba un cuadro evocador hoy en día irrepetible.

Y al frente de aquella banda, un personaje para nosotros fascinante: el maestro Villatoro. Don Joaquín Villatoro Medina. Rodeado de un escasísimo y juvenil público, la banda interpretaba con maestría y profesionalidad los programas, repartidos entre los asistentes por un músico, con la misma intensidad que si estuvieran en algún escenario de la Viena imperial. La figura seria, profunda, concentrada, con esa fisonomía casi wagneriana del director, causaba un hálito de tremendo respeto entre los espectadores. Al terminar la actuación estallábamos en fortísimos y prolongados aplausos que pretendían mitigar la ausencia de público.

Hombre rodado de una aureola misteriosa, se rumoreaba que era un republicano desterrado a vivir en nuestra ciudad, cuando la realidad era que había aprobado una plaza por oposición para dirigir la banda jerezana. Villatoro fue, además de un fecundo compositor, pianista, director de bandas y orquestas, un hombre culto y afable con una mirada triste, melancólica y firme a la vez. Siendo alcalde Tomás García Figueras le nombró director del, entonces, Conservatorio Elemental de Música, que hoy, tan justamente, lleva su nombre.

Muchas gracias don Joaquín por aquellos asombrosos atardeceres al son de su música. Nunca olvidaré aquellas maravillosas sensaciones.

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