CATAVINO DE PAPEL

Manuel Ríos Ruiz

El mar, ese dios que siempre nos bendice

HEMOS llegado una vez más al mar. Y como siempre nos ofrece un deslumbramiento para la mirada. Es lógico que los poetas de todos los tiempos hayan rendido pleitesía al mar, a la mar. Siguiendo un orden cronológicos reseñemos los poetas recogidos en "A la mar" (Editorial Mitre, 1992): Francisco de la Torre (1535-¿?), Luis de Góngora (1561-1627), Lope de Vega (1562.1635), Blanco White (¡775-1841), Duque de Rivas (1791.1865), José de Espronceda (1808.1842), José Eusebio Caro (1817-1853), José Martínez Monroy (1837-1861), Rafael Obligado (1851-1920), Rubén Darío (1867-1916), Leopoldo Lugones (1869-1938), Concha Espina (1877-1955), Manuel Machado (1874-1947), María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924), Antonio Machado (1875-1939), Eduardo Marquina (1879-1946), Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Pedro Salinas (1892-1951), Gerardo Diego (1896-1986), Vicente Aleixandre (1898-1984), Rafael Alberti (1902-1999), Miguel Hernández (1910-1942), Juan Ruiz Peña (1915-1992), Antonio Murciano (1929) y María del Carmen Soler (1939). Naturalmente se trata de una mínima muestra de los poetas que han dedicado poemas a la mar a lo largo de los siglos.

Un poema no recogido en la citada publicación, es el titulado "Con ella en las orillas", de nuestra paisana Pilar Paz Pasamar. Lo transcribimos por su originalidad, dado que es el ofrecimiento de una nueva vida a ese dios-mar de los poetas: "Ya somos más para nombrarte,/ mar nuestro, mar de cada día./ Mis pies acerco hasta tu espuma/ y te presento a la hija mía./ Crecerá rubia junto al sitio/ donde deliras y porfías,/ y la tendrás por compañera,/ entre tus blandas compañías./ No temerá tus arrebatos,/ sabrá de ti más que yo misma/ y aprenderá a decirte madre/ cuando comprenda tu fatiga./ Mar maternal, dulce mar nuestro,/ abandonada y siempre viva./ Ya ve: yo vengo con mi fruto/ a que lo beses y bendigas/ a reclamar de tu sonido/ una constante letanía/ con la que vele y adormezcas este pedazo de mi vida…/ ¡Como tú acunas en tus brazos/ a la salada maravilla!"

Y desde nuestro entendimiento, el mar, la mar que miramos una y otra vez incansablemente, esa eternidad sublime en pura y continua trifulca íntima, como corresponde a un ser que se transforma cada milésima de instante, es una voz, la voz más universal llamándonos, invitándonos a fundar sin pausa alguna nuevamente el mundo, admirando y adorando a la creación. Consideremos, pues, que el mar es nuestro dueño porque es el dueño de la tierra, por eso la rodea y nos la deja disfrutar en usufructo. Sí, por eso está ahí recuperándola en cada oleaje con toda la paciencia de un dios. El poeta Juan Gil-Albert le preguntaba al mar: "¿Quién, que se asoma a ti, no ve refleja/ como imagen de dios la suya propia,/ la porción en que el mundo se estremece/ en los cánones dulces de la vida?" Una pregunta que posiblemente todos instintivamente le hacemos al mar.

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