Es un defecto óptico. Como la miopía y el astigmatismo, el nacionalismo impide ver las cosas con normalidad, así se tengan a un palmo de las propias narices. Según las dioptrías nacionalistas que padezca cada cual, se desenfocará más o menos la realidad, pero siempre confundiendo el tamaño de los problemas, de manera que las bobadas no se verán con el tamaño típico de las bobadas, sino más bien gigantescas; y viceversa, las cuestiones gordas de verdad pasarán completamente desapercibidas al ojo vago del nacionalismo.

Será por eso que, en las regiones afectadas por esta epidemia, la poca vista haga que sus dirigentes se ocupen antes por los nombres de las cosas que por las cosas mismas. Igual que nos pasa a los miopes cuando perdemos las gafas (que nos cuesta la misma vida encontrarlas porque no las llevamos puestas) a los nacionalistas se les complica doblemente la existencia. Por eso, tan preocupados como andan por el idioma en el que habrá que redactar los informes sanitarios, se olvidan de lo principal, que debería ser la salud de los enfermos. Enredados en proclamar las virtudes del autogobierno, se olvidan de gobernar... Y así todo.

Pero no crean que es envidiable la condición del nacionalista empedernido. Esa deformación de la realidad lo convierte en alguien bastante quejica, ya que al achicar el espacio hasta el extremo de colocar las fronteras estratégicamente (para que empiecen justo donde acaba el propio ombligo), para él no hay vecino que no se convierta en una amenaza. Exactamente igual que esos obsesos sexuales, que son incapaces de mirar a las nubes sin ver en ellas las curvas de una tía maciza, y que lo mismo vislumbran escenas pornográficas en un cuadro de Zurbarán que en una tarta de cumpleaños, los nacionalistas cierran los ojos y ven banderas por todos lados. Los abren y, claro, siguen viéndolas, de forma que cualquier otra cuestión capital que vaya más allá del himno, de la pureza y el idioma, tendrá que ponerse a la cola de los problemas pendientes.

Pero lo malo de ese defecto óptico está en su alto poder contagioso. Porque lo peor del nacionalismo no es ya que logre desviar la atención de los paisanos que caen dentro de sus límites geográficos, sino que la onda expansiva alcanza un radio tan grande que ya muchos jerezanos hablan del alcalde de Tarrasa con la misma familiaridad con la que hablarían del alcalde de Torrecera. Dedicamos a hablar del dichoso referéndum separatista un tiempo que antes dedicábamos a hablar de nuestros autobuses urbanos, de lo ricos que están los salmonetes en el bar Arturo, o de lo bien que se pasa en las fiestas de Vitoria, para no pecar de provincianos.

Desde los periódicos de toda España llevamos meses dando la tabarra con el problema catalán. (No hay más que leer este artículo.) Pero es que en los bares, igual. Podrá salir de la cárcel una antigua alcaldesa; podrá estar la calle Consistorio hecha una pocilga con veladores; y podrá cortarse la coleta el Bombero Torero, que durante el aperitivo seguiremos hablando de lo mismo. Vaya plasta.

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