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Cambio de sentido

La pastilla

¿Quién no tiene en casa un arsenal de medicamentos? El farmacéutico sabe de mí más que mi confesor

La vez que se le metió fuego en el piso, echó a correr en pijama escaleras abajo y se dejó atrás todo, las llaves, los recuerdos, el abrigo, los dineros. Todo menos la bolsa de las medicinas. Allí estaba ella, en lo ancho de la calle, viendo su vida arder, pero con las pastillas debajo del brazo. Me lo contó con naturalidad inapelable, como si no existiera (para ella de hecho no existía) otra cosa más imprescindible que salvar.

Detrás de la puerta tiene padre una taleguilla con lo que, desde el accidente, se unta y toma. En lo alto del frigo de la abuela se dibuja un skyline de expectorantes. Si madre pasa de salir por la noche pronuncia la esotérica frase: "Mañana te veo, que hoy ya me he tomado la pastilla". Si abro muy ligera el romi (¡qué mueble, y qué palabra!) se despeñan varias cajas de bálsamos, placebos, profilácticos que arrumbo en ese armario. Quién no tiene un arsenal químico en su casa. El farmacéutico sabe de mí más que mi confesor.

A nadie se le escapa que en las sociedades tecnodesarrolladas la industria farmacéutica tiene un gran peso específico. Los laboratorios, en tanto que multinacionales, buscan maximizar el beneficio económico. En cambio, lo que buscan el cuerpo y el alma de cualquiera es seguir en pie, a poder ser en lozanía, para lo que muchas veces el acceso a un tratamiento es vital. La salud y la calidad de vida son derechos humanos. Pero también un gran negocio. Defensora de la investigación biomédica y de su aplicación clínica universal, a menudo me pregunto si no vivimos en un mundo donde todo -la gordura, el desamor, el rechinar de dientes, el sueño, los sueños- se arregla sólo a base de férulas, prótesis, pildorillas, y no de raíz. "La depresión se convierte en Prozac; la erección, en Viagra", recuerda Preciado. Los remedios alternativos hoy día no son más que más mercado. La cosa se pone especialmente seria -válgame Foucault- en la medicalización de la salud mental, que ha estado "unida a una serie de procesos sociales, de orden económico en un momento dado, pero también a instituciones y prácticas de poder". Sin ánimo new age (otro nicho de mercado) sino enterizo, recetaría aumentar la dosis -dos cada ocho horas- de charla con cabales, de cuchareo, de lectura, de silencio, de pícaras compañas, de cornezuelas aliñadas, sol de otoño, amigas hondas y autorrespeto, de campo abierto. Quizá entones importara un poco menos dónde queda la Agencia Europea del Medicamento.

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