TRIBUNA LIBRE

Manuel De / Domecq Zurita / Vizconde De Almocaden

Hasta pronto, José Ignacio

NUNCA creí que me tocaría a mí escribir esta crónica. Tú eras 9 años menor y, en todo caso -a la altura del tonto discurrir humano-, te debería haber tocado a ti. Pero vean ustedes los destinos del Señor, que son tan otros. No hay nada que replicar, pero ante los hechos estoy atónito, dolorido y desconcertado.

Eras bueno sin sensiblerías. Fusión de linajes vinateros de primera, a los que añadías tu rectitud y tu personal defensa de los principios cristianos y de los heredados, tan de Jerez, tan de Cuba, tan de Inglaterra y Francia, tan universal y español. No hacía falta tratar de averiguar lo que estabas pensando. Lo decías tan a las claras, tan cara a cara y sin dobleces que, en ocasiones, te convertías en el más duro de la película. Sí, el más duro, pero también el más sincero y leal. Tampoco te gustaban los blandos, hasta el punto de que casi renunciabas inconscientemente a la caridad, pensando que así formabas mejor a los que tenías a tu alrededor, que los hacías más fuertes, más hombres, más personas. Y, sin embargo, sabías pedir perdón. Entonces, crecías y te hacías enorme, rubricabas tu lado bueno y sonreías.

Compartimos mucho. Más de 35 años de profesión y aún mucho más de amistad. Nos hemos cruzado toda clase de palabras. Hemos visto crecer juntos las cepas y los vinos y, alguna vez, pediste mi parecer cuando dudabas ante ellos. También nos hemos dicho muchas cosas con silencios profundos y fecundos, y hasta hemos luchado sin dudarlo, y sin siquiera pedírnoslo, por lo que en ciertos momentos exigía la Casa. Hemos cruzado el mundo de Oriente a Occidente y de Norte a Sur, siempre regresando con algún triunfo para la Casa. Y todo eso, de pronto, te lo has llevado tú.

¿Te acuerdas? Proyectamos unas memorias conjuntas que jamás se realizarán ya, porque, ilusos de nosotros, le dábamos tiempo al tiempo y creíamos -¿aún restos de juventud?- que ya llegaría el momento en que no heriríamos a nadie. ¡Podían esperar! Te van a echar de menos los caminos de las viñas al amanecer, y los conejos y las liebres que saltaban inopinadamente a tu paso, y los patos en el horizonte que tanto te gustaban, y los potros al atardecer, cuando les echaba de comer. ¡Y quién va a recoger las habas, tomates y pimientos, de los que tan orgulloso estabas mientras los demás los engullíamos, sencillamente felices rodeados de hijos y nietos. Pero lo peor va a ser que nadie va a levantar una copa de La Ina como lo hacías tú. Ya no podré discutir el rayo de sol a través de un vino añejo, ni pensar que eras parte del roble en el que me apoyaba.

Tu vendimia ha sido copiosa y la Cepa Madre de tus hijos, como de Aragón, de donde procede, sostendrá para siempre ese beso que os dísteis cuando vitoreábamos vuestros 40 años de amor. Te veremos reflejado en tus hijos y ellos mantendrán viva tu presencia entre nosotros. Ellos pisarán de nuevo por ti los campos de Sotogrande, de Cowdray y de Puerta de Hierro, de Deauville y de los preciosos italianos. Pero mi recuerdo favorito será siempre el de Bagatelle, cuando bajo el ojo tutelar de "tío George", acabábamos siempre en Les Tardets, donde nos tenían el La Ina tan frío como en El Lebrero y no podías quejarte.

¿Y cómo ibas tú a cambiar? Te has ido como siempre, como cuando abandonabas la jaca en manos del petisero, descabalgando de un salto de "la chaca" de este mundo a otro más tranquilo, más Verdad, y con alma tan limpia. Eras mi amigo, fuiste mi hermano, y ahora este viejo primo tiene que andar sus caminos a solas porque no es fácil reponer tan buen vino. Me seguiré riendo de todas aquellas pamplinas que nos aseguraba la vida cotidiana, tan llena estos últimos años de amistad, de belleza y de Luz. ¿Y quién orientará a los vinos que se quedan solos y a los que tanto les hemos hablado? Tu legado es fuerte, consistente, recio, como Dios manda.

Espero verte pronto amigo mío. Por ti levanto mi copa esperanzado.

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