A partir de hoy las tardes empiezan a alargarse, pero las mañana seguirán acortándose hasta fin de año, se estancarán luego durante unos quince días para empezar a crecer también a mediados del mes próximo. El 20 de enero el día tendrá cerca de media hora más por la tarde y apenas cinco minutos por la mañana. Una luna falta para que empecemos a notar un cambio hacia mejor. Después podrán venir días fríos y tiempo desapacible, pero no es lo mismo: sabemos cada atardecer que queda menos noche y menos invierno, menos palidez y menos arrinconamiento, más luz y más vida. Los días más cortos del año debemos tomarlos como una penitencia, como una peregrinación entre tinieblas con sus frutos y final feliz, con las indulgencias ganadas a base de resistencia y fortaleza. Los amantes del invierno buscarán los aires acondicionados y las noches artificiales; nosotros adoraremos al sol aunque nos hiera.

El día oficial del sol lo han puesto -no sé qué organismo- en el solsticio de verano, en su máximo esplendor y principio de su decadencia, cuando en realidad es ahora su nacimiento y ascensión. Muchas civilizaciones antiguas, si no todas, lo celebraban. La fecha desconocida del nacimiento de Cristo se cree que se puso en estos días por esa razón y, de camino, para cristianizar la fiesta. El sol preocupaba a los antiguos porque no sabían si algún año se le antojaría el capricho de seguir descendiendo hasta perderse por completo y para siempre en el horizonte. Nunca lo había hecho; pero, por si acaso, se hacían las ceremonias. No era todavía la fiesta del nacimiento de la vida, para la que había que esperar el apareamiento de los pájaros y los primeros brotes de los árboles. La naturaleza permanecía dormida y sus fuerzas oscuras aletargadas y en silencio en espera de que el sol, al ascender, las despertara.

El silencio era venerado por considerársele preámbulo de acontecimientos. Angerona, antiquísima y rara diosa romana del silencio de la naturaleza dormida, tenía sus rituales ahora. Se creía que los dioses se acercaban a las almas silenciosas y las favorecían porque se sentían más cómodos con ellas que con las charlatanas. El cristianismo tomó también esta idea y creó los monasterios con una arquitectura que los preservara del ruido exterior y de la verborrea. Los claustros se trazaban de tal modo que sólo se oían los cantos de los pájaros y el rumor de las fuentes para recreo de los monjes silenciosos, mientras el pueblo charlatán se perdía en las tabernas. Dios venía a las almas en silencio, pues tenían un sitio para Él. La fiesta de silencio, la celebración del nacimiento del sol y el descanso de la naturaleza en espera de su resurrección, los hemos convertido es una escandalera que impide pensar con orden y castra la reflexión.

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