HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Las sombras del Hades

EL nuevo catecismo de la Conferencia Episcopal Española nos ha devuelto las monótonas sombras del Hades. "¿Qué es el infierno?", nos pregunta: "El infierno es el sufrimiento de los hombres que, después de la muerte, están separados de Dios para siempre". (La cita la tomo de los periódicos.) Nos vamos acercando al Hades clásico, que, a pesar de su mundo de sombras y su aire de melancolía, nos parece más justo que el Infierno que se elabora a lo largo de la Edad Media, con tales leyendas del puro horror eterno que cae en el ridículo. Muchos chistes se han hecho de los infiernos para espantar el temor añadido al de la muerte. Hades es tanto el dios del mundo subterráneo, el Plutón romano, como el lugar de ultratumba sobre el que reina. En Homero es una especie de limbo donde las almas, con apariencia humana, vagan desconcertadas, sin conciencia clara de su destino, como presas de un eterno estado de estupor.

Más adelante los mitos que intervienen en la vida de los muertos son muchos y contradictorios. Libros sobre mitología clásica, buenos y malos, los hay en abundancia. En resumen, las almas llegan al Hades y son juzgadas después de unos trámites de entrada muy entretenidos de leer. (Es recomendable Los mitos griegos, de Robert Graves.) El juicio se decide en un lugar del que parten tres caminos. Las almas virtuosas toman el de los Campos Elíseos, un huerto primaveral y festivo, donde siempre es de día, hay buen clima y los espíritus no se cansan ni se aburren y se lo pasan bien. Las almas sin méritos, mediocres en maldad y en bondad, van a los Campos de Afódelos, parecidos al Hades homérico, donde los espíritus están sin saber qué hacer ni albergan idea alguna sobre el futuro. Es el más poblado de los infiernos. Las pocas almas verdaderamente malas en vida se dirigen al Tártaro para sufrir determinados castigos.

El sentido humano de la justicia, y la injusticia misma de la muerte, ha impulsado al hombre a creer en un juicio de verdad justo al final de la vida, un premio o una pena, aunque esta última sea la de la melancolía: el haber tenido un bien al alcance, haberlo desechado y quedar apartado para siempre de conseguirlo. Con todo, vivos sufrimos lo suficiente como para purgar, por lo menos en parte, el mal que hayamos podido hacer. El sentimiento de culpa no es natural del todo, se crea cuando tenemos que sujetarnos a una moral aprendida: lo que está mal en unas sociedades está bien en otras, porque cada una se da el código moral que necesita para ordenarse y sobrevivir. No hay morales gratuitas. Creo, sin embargo, que hay un sentido del bien y del mal común a la especie humana. Por eso los infiernos de todas las culturas se parecen en algo a los infiernos de la vida: mundos oscuros y desapacibles, tristes y sin propósitos, sin olvido y sin futuro.

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