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José María Sánchez Galera escribe en Twitter: "Vamos a lo simple y maniqueo. Escuchas noticias sobre violaciones y "crímenes pasionales". ¿Qué te viene a la cabeza? A) Todo varón es un asesino B) Instauración de la cadena perpetua". Avisa de lo simple y maniqueo, pero, ojo, porque, a lo burdo, hace una denuncia sutil. Tanto insistir, contra el sentido común y el de la justicia, que todo varón es culpable de los crímenes de género (no sólo sugerirlo, que ya sería torpe, sino decirlo directamente como se hace cada vez más) nos aleja muchísimo de la realidad y, por tanto, de cualquier solución posible a esta lacra inmunda, repugnante. Una solución podría ser, desde luego, el endurecimiento del código penal.

No es la primera vez que recurro a José Hernández y su Martín Fierro para utilizar, como ya hiciera Ortega y Gasset, la imagen de los teros: ya saben, aquellos pájaros de la pampa, que, para proteger sus nidos, pegan sus gritos en otro lado. Nuestra sociedad está pegando sus gritos contra la violencia de género en otro lado, protegiendo así muy eficazmente el huevo de la serpiente de unos asesinatos.

¿Por qué lo hace? Por un movimiento inconsciente, desde luego, llevada por la ley universal de la pereza, intelectual, primero, y después moral o práctica. Echar la culpa a todos los hombres, siendo, como somos, tantos y tan diversos y, en nuestra absoluta mayoría, tan inocentes, diluye la responsabilidad. Se suelta el eslogan, algún aprovechado se da dos golpes de pecho en nombre de todos los hombres y en beneficio propio, y la sociedad queda satisfecha, pensando que hacemos algo.

No protesto por mí, que conste. Soy tan inocente (de violencia machista, digo) que, por más que me señalen, ni me doy por aludido. Protesto por las víctimas. La culpabilización genérica impide el estudio (ahí la pereza intelectual) de las causas concretas y la aplicación (ésa es la pereza moral) de los remedios particulares. Si la lógica de este planteamiento no resulta convincente, habrían de bastar los datos. Llevamos años aplicando una política feminista (en el sentido beligerante del término) y las tragedias y los crímenes no hacen más que empeorar.

¿Por qué no buscamos las causas concretas y los denominadores comunes, no sé, hábitos, ocio, creencias, cultura, condenas previas, etc.? Quizá podamos estrechar así el círculo de la sospecha y, sin prejuzgar a nadie, afinar en la prevención y en una erradicación real.

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