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CATAVINO DE PAPEL

Manuel Ríos Ruiz

En torno a la felicidad y sus intríngulis

EN estos tiempos de tanta incertidumbre individual y colectiva, vivimos por contrapartida ese aluvión de la publicidad que nos exhorta a ser felices, mediante una invitación al consumo de toda clase de productos, desde lociones a píldoras, pasando por dulces y viajes. Se trata de una promoción abrumadora, ¿mediática?, que seguramente consigue su objetivo sobre gran número de personas. Y ante este fenómeno de optimismo, frente a la preocupación social y económica, cabe preguntarse: ¿qué es la felicidad y en qué consiste realmente?

No es fácil dilucidar el interrogante por demasiado crucial. ¿Es más cómodo seguir aspirando a conocer la felicidad a través de las proclamas de los anuncios, de tantísimos anuncios empeñados en cifrarla en el confort, en manejar cada vez más sicodélicos cacharros, en aspirar un perfume sobre una tersa piel o en engullir suculentos alimentos sólidos o líquidos?

Cualquiera sabe cómo cada quien se siente feliz y con qué. Pero el anhelo de felicidad que toda persona siente en los adentros, junto a ser un sentimiento ancestral, hay quien piensa que es también un derecho, el más legítimo de los derechos humanos, puesto que se ha dicho tajantemente que la felicidad es la vocación del hombre. Puede que sea verdad. Pero si la felicidad fuera permanente, un perpetuo estado de gracia, ¿tendría sentido la vida? Por otra parte, también se nos ha dicho por boca de los más moralistas, que cuando somos más felices es cuando más debemos temer, porque no hay nada más amenazante que la felicidad, debido a que lleva implícita la posibilidad de que podemos perderla en un santiamén.

Y si la felicidad es tan frágil y peligrosa, ¿cómo resguardarla? Arduo quehacer será vigilar a la felicidad cuando se cree que se la tiene dentro del pellejo. Según un meditante anglosajón, Stuart Mill, preguntarse si se es feliz es dejar de serlo inmediatamente. Ojo, pues, No hay mayor cota de pesimismo que tamaña consideración con respecto a la felicidad. Tal vez la chicha del tema de la felicidad, sea la idea que tenía acerca de ella el francés Charles Meré: "Hay que ser osado para alcanzar la felicidad". O quizá el secreto de la felicidad consista en asumir que se siente y mantener esa ilusión con el pensamiento, sin desfallecer ni un instante.

Íntimamente, pienso que la felicidad no es un gozo a nivel material, sino un señuelo anímico, en todo caso, desde el punto de vista idílico. Y desde el plano de la realidad creo, con Romain Rolland, que la felicidad del hombre consiste en conocer sus propios límites y amarlos. Desde esta certidumbre nadie se llama engaño, no se sufren espejismos. Claro que después de todas las teorías recordadas acerca de la utópica felicidad no podemos olvidar una que nos chafa todo lo argumentado. Fijaros, en los ensayos de Montaigne podemos leer: "Nadie puede llamarse feliz antes de morir". ¿Definitivo? Pensémoslo.

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