Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Sí a los toros

Las redes sociales son un precioso mar contaminado. Con la muerte en la plaza del torero Iván Fandiño, la porquería ha aflorado, alegrándose del suceso. Con permiso recordaré aquí las tardes de toros en la primavera y desde mi primera adolescencia, cuando el postureo de chaquetas amaneradas y rodillas brillantes no había dado al día de corrida un aroma de nadería barroca. Si la corrida era dominical, muchos hombres alternaban la condición de taurino con la de futbolero a un transistor pegado. Solía ir con mi abuelo, mi abuela y mi madre. Él, en quien nunca atisbé una actitud violenta. María, su mujer, la dulzura hecha mujer. Su hija, mi madre, prematuramente viuda de un hombre joven ya en esencia capitalino, y por ello más aficionado al balompié. Se veían las faenas en completo silencio, y yo temía, me emocionaba, bostezaba o anhelaba un bombón helado por fases. Dos temporadas mi abuelo decidió comprarme un abono en la grada alta, en una zona reservada a jubilados y estudiantes (no había otro estudiante en esa ágora senequista). Allí me codeé con señores mayores nada adinerados y de profunda afición; con ellos aprendí, por pura porosidad adolescente, muchas cosas que hoy, de primeras dadas, nunca entendería. La tolerancia es, por cierto, el elixir del entendimiento. Después, muchos años renegué de la tauromaquia.

Los toros son una liturgia. Transcribo malamente las reflexiones de otros, gente pacífica y de intelecto refinado, librepensadores por tanto, también personas de izquierdas o sólo humanistas: la tauromaquia es la traslación de lo salvaje -lo natural- a la belleza por medio de esa liturgia que cursa con violencia y sangre. Los toros son un rito que nos vincula a ese estadio primitivo. Pero si uno no entiende esto, o le repudia que también sea una industria, o que ayude a preservar la dehesa, o que ese animal viva mejor que -diría- la mayoría de los humanos, se le puede preguntar si no es mejor muerte, y no digamos mejor vida, la de un toro que la de un pollo enjaulado hasta su sacrificio o la de un cerdo hecho salchicha con sus pezuñas y todo: tomarse un montadito de lomo o una pechuga plancha con ensalada es más complicidad con el maltrato animal que ir a ver una corrida de toros. Resulta tópico, pero es irrefutable.

Los mezquinos popes de trinchera que se alegran de la muerte de un chaval joven, sano y, por lo visto, excelente persona son un pelotón de fusilamiento vocacional. Y la estomagante y enésima confirmación de la verdadera España negra poblada por sujetos a los que sólo apenas la estética camufla su ruindad.

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