EN España debe haber unos 10.000 ultras y neonazis, la policía no lo sabe con certeza. Calcula el número por las detenciones y el tipo de delito que cometen. La policía debe saber cuántos son y dónde están con bastante exactitud porque los medios de investigación y control actuales lo permiten, aunque se le escape alguno. En el otro extremo, que viene a ser lo mismo, se colocan los grupos antifascistas, inclinados a ver fantasmas, pues en España el fascismo no tuvo éxito nunca y sus escasos representantes tuvieron un papel testimonial. Suelen ser, en ambos casos, gente muy joven, vestida estrafalariamente y se distinguen, más que por la indumentaria, por las banderas que portan. Los neonazis tienen cierto aire cutre, impropio del nazismo, y en las banderas de España colocan calaveras y cruces raras, no la esvástica, y llevan el paso firme y el gesto serio, pero las crestas y los zapatos deportivos dan al traste con la dignidad.

Los antifascistas son más festivos, corren, gritan y ríen, no se sabe bien si corren hacia ninguna parte, gritan al vacío y se ríen de ellos mismos. El aspecto también desastrado y las banderas republicanas, rojas o nacionalistas que enarbolan crean un ambiente anticuado. La juventud de los últimos 40 años ha cambiado en verdad poco, salvo variantes, en el aspecto exterior. En el interior ha empeorado: la cultura no es ya un frente de lucha, sin darse cuenta han renunciado a las libertades individuales en pro de unas hipotéticas libertades públicas, el antifascismo es un mérito y el anticomunismo un baldón, cuando, como dice en un artículo reciente Hermann Tertsch, " ambos son, por igual, deber y condición de todo demócrata y humanista". Creen militar en una ideología del pasado como si estuviera viva, progresista y justa, por inercia, sin análisis ni reflexión y en medio de una ignorancia histórica general.

Pocos me parecen 10.000 neonazis y los cazafantasmas antifascistas. Esta legislatura ha dado para muchos más: las versiones de la Historia de España según regiones, la reanudación de la Guerra Civil, los estériles enfrentamientos con la Iglesia o con Estados Unidos y la connivencia con los terroristas, los "matrimonios" homosexuales, las simpatías por las dictaduras populistas y por el islamismo, entre otros notables caminos errados, no han dado mayor número de descontentos porque la ignorancia acolcha y el temor al Poder paraliza. Si España tuviera una sociedad civil con criterio propio, la legislatura no se hubiera agotado. La política del mínimo esfuerzo, del pensamiento débil y gregario, de la protección y del paternalismo da rentas y votos: ¿para qué elaborar un pensamiento si ya nos lo dan hecho?, ¿para qué analizar las ideologías si nuestros padres y abuelos lo hicieron por nosotros?

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