Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

El vaso rebosa

Pertenezco a la primera generación de mi familia que fue a la universidad. Antes, en la España gris y casposa que serpentea a lo largo de casi todo el siglo XX, se trataba de un lujo que estaba sólo al alcance de unos pocos. Quizás por ello, siempre he tenido un respeto casi reverencial por esta institución: tener una licenciatura era situarse con ventaja en el mundo laboral y alcanzar un doctorado colocaba directamente en la élite. Lo de los másteres significaba que se había ampliado estudios en el extranjero y eso era ya lo más lejos que se podía llegar. Afortunadamente, la universidad se universalizó, todo el mundo pudo llegar a ella y con el modelo autonómico del Estado se crearon multitud de centros que acercaron los estudios superiores a todas las clases sociales.

Pero no todo fue del color de rosa. La proliferación de universidades hizo que su prestigio doctoral se rebajase notablemente. Las facultades, desconectadas de la realidad laboral del país y también de su propia realidad social, se convirtieron en fábricas de expedición de títulos. Hubo una evidente politización en la gestión de las instituciones e incluso se crearon desde lo público universidades que respondían a una concepción partidista. La reforma de Bolonia vino a profundizar todos estos males y hoy la universidad española tiene que hacer frente a un creciente desprestigio.

El caso de Cristina Cifuentes y su falso máster en la Rey Juan Carlos, creada por la Comunidad de Madrid y cercana al PP, es un símbolo perfecto de una situación en la que el clientelismo y la falta de rigor campan a sus anchas. La principal perjudicada es la propia comunidad universitaria, tanto los profesores como los estudiantes. La universidad tiene una función social que es imposible que asuma cualquier otra institución. Para ejercer su papel necesita que la sociedad se reconozca en ella y que le sea útil para capacitar e investigar. Sin universidad no hay progreso y parece que en España nos hemos olvidado de este principio básico, que es un axioma de comportamiento en todas las sociedades avanzadas. Lo de Cristina Cifuentes, que ayer dimitió fulminada por la aparición de un vídeo vergonzante, es una gota más, muy espectacular por cierto, en un vaso que está a punto de rebosar. La educación en general, y la universidad en particular, sigue siendo la gran asignatura pendiente de la democracia española. En cuatro décadas no hemos sido capaces de crear un sistema estable y eficaz. Ya va siendo hora de que nos lo tomemos en serio.

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