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HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Otra vez junio

La luz de junio nos hiere cuando en el pecho se ha instalado la melancolía, o nos da vida generosa y añadida cuando respiramos el aire templado y suave del bienestar. No tiene términos medios. Junio es tan hermoso que igual inspira la tristeza de no poderlo alcanzar ni retener, que la alegría fugaz de los momentos de plenitud inmersos en su luminosidad y la belleza que lo rodea. La alegría es siempre mucho más breve que la tristeza, quizá porque tengamos más capacidad para soportar ésta que para disfrutar aquélla. Junio llega cada año cargado de promesas de libertad que luego no se cumplen. Se nos van escapando sin sentir, porque en realidad las promesas no las hace junio sino nosotros, animados por los días largos y la sensación de libertad que trae el buen tiempo y las temperaturas suaves. El ambiente de junio debe parecerse al que tuvieron los primeros hombres en un África menos cruel que ahora.

Parece, pero es engaño, que la melancolía, mal de reyes, llega en tiempo de oscuridad, de nieblas y fríos, de días lluviosos y vientos desapacibles. No es verdad. Se tolera mejor porque podemos culpar al clima de nuestro estado del alma, pero llega en cualquier momento y se soporta peor cuantas menos razones haya para haberle dado entrada a un ser fantasmal y sombrío, a una nube con forma humana que toma posesión de nosotros y cuesta espantarla. Se consigue a fuerza de resistir. La melancolía es de causa divina: tiene algo de angélica y algo de diabólica, pues de la divinidad proceden ángeles y diablos. Montaigne y santa Teresa pensaban que sólo era de origen diabólico, para hacer descender a las almas hasta los estados en los que sólo hay pensamientos sombríos. Tampoco es cierto. Los pensamientos de la melancolía son lúcidos y la lucidez da temor y aguza la inteligencia.

No la maldigamos: tan nuestra es como la euforia pasajera, como la risa incontenible que pagamos más tarde. No es un dolor externo por una adversidad o un duelo, sino la contemplación de un dolor gratuito desde fuera y cierta distancia. Tampoco es una tristeza simple, que debilita, o un abatimiento, que nos deja indefensos; no, la melancolía es un sentimiento, un estado, terrible desde luego, de superioridad. Un espíritu sacro que nunca se aleja demasiado cuando tiene afición por nosotros, como la Poesía, que si la perseguimos, se escapa, y si la desdeñamos, nos persigue. Tanto la poesía como la melancolía la compartiremos con muy contadas personas, nada más que con aquellas sabedoras de que es un sentimiento común a dioses, diablos y hombres. ¿Melancolía en junio?, pensarán los simples. Sí; en junio, en el momento mejor del año quiere estar también ella para darse a valer, para incitarnos a escribir que no es una causa de las sombras de la muerte, sino de la vida.

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