Manuel Naranjo / Loreto

A la voz del pregonero

El café cantante

EL acto de pregonar ha pasado a la historia por formar parte de ese paisaje sonoro pre industrial que antaño llenaban nuestras calles, por entonces diáfanas de ruidos y, a lo sumo, colmada por el juego y el griterío de la chiquillada. Los pregoneros publicitaban su mercadería a través de ingeniosas maneras, había quién se inventaba una retahíla casi ininteligible en la que solo quedaba claro lo que vendían, ora lotería ora higos chumbos, el resto del texto carecía de significado pero resultaba harto llamativo, que era a fin de cuentas lo que realmente importaba.

De todos los pregoneros el que más literatura ha vertido ha sido el que tenía categoría de emisario, el romancero antiguo ha conservado fielmente esta figura y en los cantos de pasión de Semana Santa es un personaje relevante, pero en realidad este tipo de pregonero más que un comunicador era un comunicante, categoría que dista bien largo de los que en alta voz intentaban mercar un determinado producto. El pregonero al que nos referimos era un personaje que conocía, a su manera, lo que el mercado demandaba entonces, manejando todo tipo de recursos que incitaran a la compra del género en cuestión. Unos provocaban la curiosidad de los niños, invitándolos a asomarse por las ventanas o a tirarse por el suelo para que su madre en un acto de desesperación les compraran aquellas sultanillas de coco, el rico koki o les cambiaran las botellas por globos, otros por el contrario, utilizaban un ardid de carácter sexual..."A quién le parto el higo.....".

Seguro que muchos de nosotros guardamos en nuestra memoria con cierta simpatía el canto de aquel lotero o cuponero que salmodiaba sus números de la suerte. Nuestro folklore ha sido testigo y custodio de ese pequeño universo que algunos escritores como Pío Baroja, Benito Pérez Galdós o Ramón Gómez de la Serna trasladaron a sus páginas literarias.

El flamenco no estuvo ajeno a ello: Chacón a través de los caracoles y el mirabrás, Macandé con su peculiar pregón de los caramelos o Caracol con el dedicado al uvero nos mostraron gloriosas páginas de un flamenco fuertemente imbricado en la tradición folklórica hispana. Los cantes que mejor han sabido adaptarse al repertorio de los pregones han sido las cantiñas, entre las que se destacan las alegrías que, con ese gracejo tan particular supieron entender las cualidades de este género. Las bulerías de Cádiz también solían ampararse bajo las estructuras de los pregones, tanto, que no es raro encontrar en el repertorio de los cantaores de la tacita de plata estas maneras de proclamar las cualidades de algo o de alguien.

Hoy lo que se dice pregonar se pregona bien poco, el de los helados lo hace con una musiquilla que recuerda las películas de terror americanas, el tapicero lo hace con una grabación a un insoportable volumen y como los higos se han convertido en un bien de lujo ya no hace falta que los pregonen, nosotros nos acercamos a la esquina donde habitualmente se haya quien los vende.

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