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La tribuna

Ana Laura Cabezuelo Arenas

A vueltas con el cachete

CON la supresión de la facultad de los padres de "corregir razonable y moderadamente a los hijos" en el ejercicio de la patria potestad, surge, de nuevo, la polémica sobre la pertinencia del cachete.

Algunos dirán, no sin razón, que un cachete a tiempo evita que un gamberro degenere en un delincuente. Sobre todo en tiempos en los que los adolescentes la emprenden a puñetazos con el profesorado o tienen la concepción de que vejar a un subnormal para difundirlo después por internet es una hazaña que les convertirá en líderes del grupo.

Desde luego, no escandalizarse por un simple cachete no implica legitimar el maltrato deleznable que ha de ser condenado en los Tribunales cuando los padres se ensañan con sus hijos (para muestra me remito a la crueldad de las escenas de la película El Bola). Pero ni el Código Civil en su anterior redacción se refería tan sólo al tema del tan manido cachete, pues dentro de una corrección moderada caben otras muchas alternativas (privación de caprichos, de salir los fines de semana, colaborar en tareas domésticas, quedarse sin paga un mes…), ni tampoco se trata de despojar a los padres de toda autoridad, convirtiéndoles en marionetas sometidas al arbitrio de unos menores que pueden acusarles ahora de un trauma o inexistente maltrato simplemente por alzarles la voz alguna que otra vez.

Todas las medidas educativas que se adopten en este campo han de estar presididas por rendir culto a eso que se denomina "el interés del menor". Y siendo éste difícil de definir, ha de concretarse caso por caso, atendiendo a la personalidad de cada niño y a la edad del mismo. Como bien recuerda la sentencia de la Audiencia Provincial de Cuenca de 22 de diciembre de 2001, aunque hay quien identifica el interés del menor con "una tendencia tradicional (…) impuesta al niño por quien dirige su vida, no tomándose en consideración la voluntad y parecer personal del hijo, como expresión de su interés, poco formada", otros, en cambio, lo identifican con "los gustos y deseos del menor". No obstante, como en el justo término medio está la virtud, el Tribunal aboga por atender a la edad y madurez del menor y optar por una solución intermedia, que huya del autoritarismo de la primera y de las consecuencias nefastas de una excesiva permisividad a que conduce la segunda. De manera que "teniendo en cuenta que el niño de corta edad necesita más la estabilidad emocional y la libertad es más necesaria para el adolescente, (…) el interés del hijo, desde esa perspectiva, iría en función de su edad y de su personalidad".

Con un niño de tres años, poco diálogo puede existir si mete los dedos en un enchufe o se empeña en jugar con el monitor del ordenador. Con un adolescente rebelde y obstinado, se pueden y se deben intentar estos caminos, pero cuando se agotan todas las vías, culpar a un padre al que se le escapa un simple cachete de no respetar la personalidad del menor es contribuir a engrosar las listas de delincuentes del país. Si se le explicó amablemente que un subnormal o a un emigrante de raza negra no debía ser objeto de vejación y que difundir la misma a través de la red constituye un delito, castigar duramente el cachete del progenitor desesperado, como ahora defienden los sectores más progresistas, y abogar por respetar la personalidad de un degenerado en potencia, equivale a que el padre termine aceptando, ante lo anterior que, al fin y al cabo, Hitler sale en todas las enciclopedias, y si la personalidad de su vástago se orienta por esos derroteros ¿quién es un padre para inmiscuirse en el libre desarrollo de la de su hijo, que consagra el art.10.1 de la Constitución?

Aunque quizá debiera tener presente que el respeto a los derechos de los demás es también un pilar de nuestro ordenamiento, quizá sea más cómodo y prudente, dadas las armas que les van quedando a los padres, jugar con los niños y hacer la vista gorda al comprobar que hemos pasado de los crueles colegios victorianos en los que se utilizaba la vara, a los juegos de consola en los que matar a una embarazada o a un negro te hacen ganar no sé cuántos puntos. El término medio quedó atrás. Que los sufridos profesores de Secundaria padezcan las consecuencias de esas reformas cuando lleguen a las aulas. Aunque entonces quizá deberían aprobar algo para prohibir que el cachete se lo propinaran los alumnos al profesor o que, cuando medie, la autoridad competente tome cartas en el asunto. En cuanto a los padres ya se percatarán de lo cierto del refrán: "Cría cuervos y te sacarán los ojos".

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