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Tribuna

Salvador moreno peralta

Arquitecto

Cádiz, hasta el crepúsculo

Esta Cádiz memorable es hoy una sirena varada: aguanta por la tenacidad de la historia, que se abre paso allí donde el presente se empeña en certificar la decadencia

Cádiz, hasta el crepúsculo Cádiz, hasta el crepúsculo

Cádiz, hasta el crepúsculo

En Cádiz, la gente se despereza tarde, pero una vez que lo hace la ciudad se anima con un alborozo ajeno a cualquier impostación. Todo en Cádiz destila una naturalidad antigua, respetuosa y sabia. Me alojo en la Hospedería del Marqués, cerca de la Plaza de San Juan de Dios, que se abre al puerto y reclama una centralidad que en Cádiz se disputan varios lugares. Está presidida por el edificio del Ayuntamiento y el monumento a Moret. Pero Micay ya no está allí.

Entro en El Pópulo bajo un arco que me lleva pronto a la iglesia de Santa María, barroca, con una pequeña corte de los milagros en el atrio. Primer encuentro con casas nobles, aunque sean pobres, con sus patios ochavados. Una calle se llama Silencio. Descubro enseguida que los muros de Cádiz están llenos de lápidas. Una conmemora la expedición cartográfica de Jorge Juan al virreinato del Perú; otra de Ulloa, relativa a la sociedad ilustrada que estos marinos crearon , y muchas más.

Alcanzo la plaza de la Catedral, espléndidamente restaurada y de la que ya no caen piedras. Subo a su torre derecha, desde la que Cádiz se muestra versátil, camaleónica, según la luz del día y del punto de vista. En las calles, rectas, racionalistas, el sol logra meterse en algún momento por ellas hasta el límite de sus zócalos de piedra ostionera, pero en sus plazas la ciudad se descomprime y se hace latinoamericana. Desde sus torres también, pero sobre todo norteafricana. La luz modela y cambia las remembranzas, por eso Cádiz es habanera, limeña o tunecina, según la luz resbale en ella de un modo u otro, en el Campo del Sur o en la Alameda, en la Viña o el Balón.

Plaza de La Candelaria: parterres con dragos, palos borrachos, árboles americanos y umbráculos apuntan a Castelar, que arenga desde su pedestal con una paloma en la cabeza. Suenan voces antiguas en el Royalty. El sol vuelve a tomar posiciones en la deliciosa Plaza de Topete que la preside Columela. Puestos de flores y, al fondo, el noble edificio de Correos, preámbulo para el alborozado partenón del Mercado de Abastos. Cerca, la torre de Tavira está abierta al público gracias a una emprendedora local. Aquí hay orgullo, más que dinero. La corona el famoso mirador desde el que Cádiz sueña otras geografías, por eso las paredes del torreón están llenas de versos, aunque no es fácil glosar el sitio: hay demasiado argumento para el poema. Impecables guías femeninas te enseñan el prodigio de la cámara oscura instalado arriba, el artilugio de Vermeer, de Rembrandt, quizás de Velázquez.

Llego a la plaza de san Felipe Neri y entro en el maravilloso Museo de las Cortes de Cádiz. Emoción ante uno de los raros momentos en los que España encabeza la modernidad del mundo, la dignidad de las causas que jalonan el progreso…con el germen de su autodestrucción dentro. Mucho de este espíritu sigue en Cádiz, sin embargo; quizás la tolerancia, la elegante nonchalance hacia esos furores capitalinos que ofuscan hoy a todas las ciudades. Tránsito del XVIII al XIX: no sé por qué no llamamos a ese lapso de tiempo el verdadero siglo de oro español: Ilustración, Ciencia, Democracia, Constitución, Celestino Mutis, Gravina, Apodaca, Jorge Juan, Trafalgar, científicos, marinos, curas decentes… Esta Cádiz memorable es hoy una sirena varada: aguanta por la tenacidad de la historia, que se abre paso allí donde el presente se empeña en certificar la decadencia.

Esplendorosa Plaza de Mina que parió a Falla: palmeras, selva urbana de ficus, dragos, acacias… el manglar y la explanada en donde, junto a su vecina de San Antonio -ancha, soleada, virreinal-, uno trata de imaginar, sin mucho esfuerzo, la efervescencia que debía preceder a la Carrera de Indias o la expectación del tornaviaje, anunciado por el instinto de los marinos, de las mujeres, los fugitivos…

Alameda de Apodaca al atardecer, baluarte de la Candelaria y Parque Genovés: de nuevo, Celestino Mutis, pequeño monumento a Trafalgar, honra a los muertos de cada bando, honor a sus barcos el Victory, el Bucentauro, el Santísima Trinidad y el San Juan Nepomuceno…Galdós. Castillo de santa Catalina: troneras curiosas desde las que se adivina, al contraluz, el castillo de San Sebastián, barcas fondeadas en el plomo de los bajíos. Unas gaviotas ponen la banda sonora a esa Muerte en Venecia sin remilgos que es el Balneario de la Palma, delirio oriental filtrado por viajeros del Grand Tour, un Brighton cañaílla. Familias enteras sacan al sol sus intimidades, marcando cordialmente el territorio, sin aprietos, mientras el sol se pone en una apoteosis serena.

Gloriosa Cádiz, capital mundial de la evocación, la ciudad en la que resuenan todas las ciudades, el Aleph de España.

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