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Tribuna

alfonso lazo

Historiador

Migrantes y vocabulario

Migrantes y vocabulario Migrantes y vocabulario

Migrantes y vocabulario

Ya habrá notado el lector cómo desde hace tiempo algunos medios informativos, sean periódicos, cadenas televisivas o emisoras de radio, van dejando de hablar de "inmigrantes" para pasar a decir "migrantes". Un cambio de vocabulario nada inocente, impuesto por la dictadura de la corrección política y el pensamiento obligatorio.

Porque un "migrante" es alguien que se mueve de un lado para otro sin más precisiones: puede ir o venir; en cambio el "inmigrante" es el que viene decidido a instalarse entre nosotros, cosa que conviene disimular para evitar las alarmas. Si hablamos sólo de migrantes quizás acabemos por creer (las palabras moldean el pensamiento) que es algo que únicamente afecta a los otros: a Italia, a Francia, a Grecia, a Hungría o a las ciudades alemanas; mas si continuamos hablando de inmigrantes ya no cabe duda de que vienen para acá. Nuestros predicadores moralizantes partidarios del "que entren todos" ven peligroso pensar demasiado en ello: mejor "migrantes".

No sólo nacen palabras nuevas, también otras caen en desuso y llegan a desaparecer; sobre todo cuando hay gente poderosa implicada en el asunto que quiere ocultar alguna fechoría. Hoy, está desapareciendo cierto vocablo que tiene mucho que ver con los migrantes. Hablo de "multiculturalismo". Hace nada, columnistas, políticos, profesores y opinadores utilizaban dicho concepto de continuo. Se trataba de una idea progresista, benemérita y piadosa: el multiculturalismo era de izquierdas por definición. En nuestros días, los estragos evidentes causados por la política multiculturalista en Europa, más la Yihad y el Califato, aconsejan dejar caer la expresión en el olvido.

La ideología multiculturalista surgió a comienzos de los años ochenta en el ámbito de la llamada izquierda cultural de las universidades norteamericanas; de aquí saltó a las universidades francesas y de ahí al periodismo europeo, que contagió a los gobiernos. En contra de las apariencias, la propuesta del multiculturalismo fue todo lo contrario a la integración y el mestizaje.

Se partía del supuesto de que la diversidad cultural era buena, y de que todas las culturas, desde la Atenas de Pericles a las tribus de cazadores de cabeza, tenían el mismo valor; de modo que habían de protegerse y fomentarse las distintas identidades de quienes como inmigrantes se instalaban en la UE. Ahora bien, el mantenimiento de la diversidad cultural únicamente es posible si no se produce mezcla. Así, el discurso multiculturalista cayó pronto en una contradicción insoluble: predicar la necesidad de la integración de los inmigrantes, al mismo tiempo que fomentaba la cultura propia de estos. De aquí el distingo que se estableció entre la "asimilación" (los que llegan a hacer suya la cultura de quienes los acogen), que era perversa y un genocidio cultural, y la "integración", que nadie ha sabido nunca en qué consiste. Como anécdota doméstica puedo contar que la contradicción llegó al punto de que un amigo de izquierda extremada me acusó en público de "racista" por haber escrito un artículo de prensa donde yo defendía el mestizaje. ¿Racismo y mestizo? Extraña combinación. En suma, como era de esperar, tal supuesta integración sin asimilación no se ha producido, por imposible, con respecto a la inmigración musulmana: los terroristas que masacran a inocentes en Europa pertenecen con frecuencia a familias inmigrantes de segunda o tercera generación.

Y así estamos ahora: la idea buenista de la izquierda cultural de mantener vivas e intactas, "con mucho amor", las culturas que llegan ha impedido una verdadera integración, es decir, la asimilación y lo mestizo. El "gran crisol" de Estados Unidos, donde todas las etnias se sienten antes que nada patriotas y formando parte del modo de vida americano, y luego celebran el Año Nuevo chino con una bonita fiesta folclórica en la calle o se reúnen en casa para la cena del Yom Kipur, nada tiene que ver con los barrios musulmanes de París, Londres, Bruselas, Berlín o Hamburgo, donde ya no pueden entrar las fuerzas del orden y se rigen por la sharía. Es esto, precisamente, lo que conviene ocultar ahora en el vocabulario común: que una vez se defendió un multiculturalismo de consecuencias desastrosas, y que los migrantes son inmigrantes. Nunca pudo prever Carlos Marx (de raza judía, ateo, asimilado y culturalmente occidental) que iba a llegar un día en el que los progresistas, dueños del lenguaje, manipularían el diccionario con unas ideas tan retrógradas.

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