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césar romero

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Palabras biensonantes

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Palabras biensonantes

Todos sabemos qué son, y cuáles, las palabras malsonantes, Ésas por las que regañamos a nuestros hijos cuando las pronuncian, muchas veces diciéndoselas. Son las primeras que se aprenden cuando se vive en un país con otro idioma, las primeras que se enseñan a los guiris para oírselas decir en momentos indebidos. Lo que ya no está tan claro es cuáles sean las palabras "biensonantes", esas que preferimos a otras cuyo significado comparten porque nos suenan mejor, tienen algo de lo que éstas carecen, son más chic. No se trata de eufemismos. Un eufemismo es otra cosa. Centro penitenciario no es lo mismo que cárcel. Ni discapacitado lo que cojo o manco. Los eufemismos son rodeos, disfraces del hablante para encubrir palabras vergonzosas. Las palabras biensonantes son otra cosa. Quizá poniendo algún ejemplo se aclare:

1.- Fallecimiento, fallecer. Se encuentra uno a un conocido cuyo padre anda pachucho. ¿Y tu padre? Mi padre falleció el domingo pasado. Vaya, hombre, lo siento. ¿Se han fijado en que cuando uno ha de contar que alguien ha muerto nunca dice "murió" sino siempre "falleció"? ¿Recuerdan alguna esquela donde el muerto haya muerto en lugar de fallecido? Parece como si la muerte fuera cosa de la gente anónima, carne de telediario, y el fallecimiento no. Las víctimas de accidentes de tráfico, de la violencia machista, no digamos las de las guerras, tan lejanas, las víctimas que principalmente se cuantifican, siempre mueren. Pero los personajes singulares, y familiares, amigos y conocidos para nosotros lo son, nunca mueren sino que fallecen. Parece que la muerte lo es un poco menos, o es mejor, si se fallece. O que tiene otro matiz, otra consideración. Quien muere, aun si lo hace de forma natural, es como si se perdiera entre el sinfín de muertos precedentes. Un número más. Quien fallece parece que sólo por el hecho de hacerlo hubiera parado el mundo un instante y nunca fuera a convertirse en uno más. Esto, junto a la aversión de nuestra época a llamar a las cosas por su nombre, tal vez explique el éxito de esta palabra, biensonante. ¿Cómo mirar a la muerte a la cara, cómo llamarla por su nombre? Aunque, en la hora suprema, así lo hagamos en verdad. Pudiera darse el caso, quién sabe, de que, con el tiempo, a tanto Cristo de la Buena Muerte como jalona nuestra tierra se le acabe llamando Cristo del Buen Fallecimiento, pero creo que nunca nadie, absolutamente nadie, cuando le llegue la hora final, si la ve venir, diga, en lugar del agónico "Me muero, que me muero", un artificial "Fallezco, que estoy falleciendo".

2.- Patología. La palabra patología ha abandonado el críptico mundo del lenguaje sanitario y se ha hecho popular. Tanto que los médicos ya andarán buscando otra que la sustituya. Mal, enfermedad, son palabras de otras épocas. Menos sofisticadas, de gente sin formación. ¿Cómo van a padecer males o enfermedades esas generaciones más preparadas de nuestra historia que venimos acumulando desde hace un cuarto largo de siglo? Quien no tenga hoy dos o tres patologías y sólo padezca achaques propios de enfermedades corre el riesgo de ser pasto de geriatras.

3.- Técnico/a. Este adjetivo es uno de los casos de revalorización constante en el mercado de la lengua española desde hace por lo menos treinta años. Los primeros en detectarlo fueron las autoridades que supieron que aparejadores, peritos y enfermeros serían algo más desde que empezaran a denominarse arquitectos técnicos, ingenieros técnicos y ayudantes técnicos sanitarios, respectivamente. Fue introducir el adjetivo y el valor de estos títulos se elevó, como subió el precio de todo cuando el euro sustituyó a la peseta. Técnico/a es una palabra tan biensonante que parece mágica, obra milagros, resuelve cualquier entuerto. Si un político está contra las cuerdas, automáticamente pedirá el asesoramiento de unos misteriosos "técnicos" y esto dará una tregua a la jauría de la oposición, de la prensa. Si alguien, pongamos un ministro en trance de explicar una actuación ministerial, necesita informar sobre algo, jamás lo hará con un mero informe de su departamento, siempre lo hará con un informe técnico. Por ser técnico parece como si el informe lo fuera más, o mejor. Y uno se pregunta si puede haber algún informe que no lo sea, si alguien sin la técnica de su oficio puede informar sobre algo. Pero eso es lo de menos, secundario. Lo importante es que técnico, ese adjetivo tan bien sonante, parece dotar al sustantivo a que acompaña de la sustancia que por sí mismo el sustantivo, paradójicamente, careciera para buena parte de los hablantes de español. Y ahora que recuerdo, uno de los avanzados en este uso fue nuestro anterior jefe de Estado, quien tras visitar en un hospital al moribundo Dalí, allá por el lejano invierno de 1988-89, preguntado por los periodistas cómo había visto al artista gerundense, que ya estaba desahuciado por el mal (perdón, la patología) que lo llevaría a su muerte (perdón, su fallecimiento), respondió que lo había visto bien, pero que mejor le preguntaran a los…"técnicos".

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