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El buzón

Madrid, esa gran ciudad que, liberada del compromiso de ser capital de algo, ha acabado siendo una privilegiada capital de sí misma

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El buzón / Rosell

Ya ni nos acordamos de cuando las comunicaciones escritas se hacían a través de las cartas y el servicio de Correos. Hoy la comunicación digital instantánea casi ha acabado con la noble institución de la corneta y la corona y, lógicamente, con los buzones. De éstos, con su enigmática ranura como sonrisa de caimán, nos quedaba siempre la duda de si desde sus negras profundidades las cartas llegaban invioladas a su dirección. En realidad, entre el remitente y el receptor mediaba el agujero negro del Estado insondable, frente al cual sólo cabía un acto de fe algo desconfiado. Lo cierto es que las cartas, aunque hubiera que llevarlas a lomos de mula, acababan llegando a su destino. Pero dentro de la misma eficacia casi heroica del servicio, había en los buzones una diferenciación de trayectorias, seguramente justificada en razones funcionales: una de las ranuras dirigían las cartas a Madrid y la otra "a provincias", como si la España imperial, a los efectos postales, fueran dos unidades de destino en lo universal, y no sólo una. Pues sin saberlo, el viejo servicio de Correos acertaba ya entonces con la distinción geopolítica y cultural que subsiste en el presente.

Diezmada España en diecisiete autonomías y pico se facilitó la reapertura de la Caja de Pandora cantonal, cuyos esporádicos rebrotes -a excepción del gravísimo desafío catalán, que es otra cosa- no extienden su repercusión más allá de los límites regionales en los que voluntariamente las comunidades autónomas han querido confinar sus realidades. No nos cabe ninguna duda de que el chaparrón de Fondos Europeos destinados a la homologación continental de nuestro país en la modernidad encontró en la estructura autonómica un buen vehículo para su eficacia. Persisten, claro, brechas sociales y desequilibrios económicos e históricos entre regiones que no han podido subsanarse del todo. Pero a los que nacieron hace 32 años con el acta de adhesión a la UE -algunos hoy jugando a políticos antisistema- cuesta convencerles de que, al menos en su piel, a España no la conoce ni la madre que la parió, como más o menos vaticinó Alfonso Guerra para los años que habrían de venir. Otra cosa es lo que haya podido pasar con su encarnadura.

Además de sus ventajas efectivas, que sin duda las ha tenido, esa descentralización sirvió también para incorporar al gran potaje del poder a las miles de personas de todos los aparatos político-administrativos que precisaban diecisiete mini-estados, conformándose con ser cabezas de ratón en sus taifas respectivas. Pero sucedió que a esa descentralización política siguió otra mediática en la que los medios de comunicación, como no podía ser de otra manera, se ciñeron preferentemente a las noticias del terruño. Nada que objetar salvo que, entre las noticias domésticas y las del mundo global procedentes de agencias, quedaba un vacío informativo: el resto del país, un agujero negro del que sabíamos muy poco. Así las cosas, el punto de encuentro por el que llegamos a tener un leve atisbo de pertenencia a una realidad suprarregional, aquello que nos recuerda que todavía somos españoles es, en el mejor de los casos, las noticias que se producen y se cuecen en Madrid, esa gran ciudad que, liberada del compromiso de ser capital de algo, ha acabado siendo una privilegiada capital de sí misma. Tal vez el caso no dé para una discusión ontológica, pero queda ahí pendiente la paradójica cuestión: ¿las cosas existen por sí mismas o sólo a partir del momento en que se conocen? ¿de qué sirve que España sea un entramado de ciudades y regiones dinámicas si al final sólo se asoman al proscenio de la actualidad en clave de escándalo, pues de otro modo no recibirían la menor atención de los medios de cobertura nacional? La cuestión no es baladí, pues al final la percepción que tenemos de nosotros mismos es la de un país jibarizado en una anómala cabeza de dos centenares de personajes recurrentes, unos perfectamente prescindibles y otros de indudable valía, pero no menos que la de otros igualmente valiosos pero ignorados por el simple hecho de anidar en el agujero negro de las provincias, porque ellas mismas han decidido enrocarse en el único ámbito en el que nadie le va a disputar su presencia, esto es, el localismo, forma de pensamiento que reduce la interpretación del mundo al nivel de sus exiguas fronteras.

Y así vamos llevando esta resignada condición provinciana. Menos mal que de vez en cuando viene un tipo de la capital para ponerte en el mapa y te descubre el lorquiano embrujo andaluz "de cal y mirto", mostrándote lo bien que se vive aquí. Y tú sin darte cuenta por haberte pasado el día currando.

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