Aquella extraña muerte en el río

  • Familiares y amigos de Fernando Cañas, el batería que apareció ahogado en el Guadalete en septiembre de 2014, siguen pensando que no fue un accidente

"No hay nada más sensual que una gitana bailando" fue una de las últimas cosas que escribió el batería Fernando Cañas, 39 años, en su muro de Facebook. Pocas horas después, un 29 de septiembre de 2014, su cuerpo aparecía sumergido, con la melena pelirroja enganchada en la hélice de una barca amarrada en el muelle del Vapor de la desembocadura del río Guadalete, a la altura del bar La Cristalera. Esa barquita llevaba rotulado el nombre de La Gitana. Esos días, Cañas escuchaba mucho un disco de blues, Down the river.

Los amigos de Cañas aún giran, año y medio después, en torno a esos signos que componen el enigma de su muerte. Tras un fin de semana de fiesta en El Puerto, Cañas aparece en el río, en el agua. Él detestaba el agua, sentía pavor, a la playa iba con vaqueros. Nada le agobiaba más que la posibilidad de ahogarse. Se ahogó. En sangre llevaba un índice tres de alcohol después de tantas horas en el agua. Poco más queda claro de su muerte, aparte de esa, la causa final. Ahogado. Pero no se conoce tanto tiempo después el informe toxicológico de la autopsia, sólo el primer informe, que dice que cayó al agua más de 24 horas antes de ser encontrado. También se señalan golpes en los pómulos, que podrían haber sido causados por las rocas o por cualquier otra cosa que le golpeara, zarandeado por la marea, pero también por unos puñetazos.

El caso, oficialmente, está archivado, lo que no quiere decir que no se hagan diligencias, pero todo apunta a que el carpetazo definitivo es inminente. No hay testigos, las cámaras municipales situadas en la zona no grababan -los recortes-, las cámaras del parking del muelle ofrecieron tres matrículas de coches que accedieron al lugar en esas horas. La policía contactó con los tres propietarios. No habían visto nada raro. Nadie sabe lo que pasó, si se cayó, se suicidó... o le empujaron.

A la familia y los amigos la teoría de la caída, por muy bebido que estuviera esa madrugada de sábado, ya clareando, que es cuando se le ve por última vez, muy cerca de donde apareció su cuerpo, les resulta extraña. Precisamente por su aversión al agua. Él nunca se acercaba al agua.

Tampoco cuadra la teoría del suicidio. Cañas nunca tuvo tendencias suicidas -mucho menos en el agua-, o nadie se las conocía. En el momento de su muerte todo le empezaba a ir bien. Ese fin de semana celebraba, de hecho, que su suerte estaba cambiando. Se había quejado durante mucho tiempo de que no lograba un trabajo fijo después de que él, licenciado en Historia en la especialidad de Arqueología, hubiera buscado mil ocupaciones, que le habían llevado a yacimientos en Tarragona o a poner copas en Dublín o Essex. También era técnico en prevención laboral y daba clases particulares de música. Era un buscavidas preparado en una provincia en la que es desesperante buscar empleo. Ahora había encontrado un trabajo. Le habían contratado en el Centro Inglés, donde iba a trabajar como profesor de música. Su primer día de trabajo iba a ser ese lunes que seguía a la fiesta del fin de semana. Además, había conseguido otro trabajo en Diputación. Tocaba más que nunca en diversas bandas de la provincia y ya había terminado de grabar el disco Harder than a goat's knee (Más duro que la rodilla de una cabra) con su íntimo amigo Pepe Delgado, con el que formaba el dúo Fino Winos. Tenía buena pinta esa alianza musical y él creía firmemente en ese disco. "La vida le sonreía", resumen los organizadores del Monkey Week, con los que Cañas estaba muy relacionado.

¿Y la tercera posibilidad? "A ver si vas a acabar como el Cañas, en el río". Lo dijo un indigente de El Puerto que, por entonces, dormía en el parque Calderón, al lado de donde desapareció Cañas, en una trifulca en un bar del centro. A quienes lo escucharon se les heló la sangre. Aquel indigente había declarado que no vio nada esa noche.

El cuerpo de Cañas fue encontrado sin nada en los bolsillos. No llevaba ni la cartera, ni el móvil, ni las llaves. Podían haberse ido con la corriente, sí, pero él siempre vestía tejanos muy apretados. Habría que retroceder en ese fin de semana loco que se inicia el viernes y que pasa por el Barrio Alto. Allí acude en un momento de la noche del viernes Cañas con Héctor, un mexicano que de vez en cuando encuentra curros detrás de la barra o hacía bolos con el propio Cañas y que llevaba varios años en El Puerto. La policía los para, un pequeño susto y sigue la noche hasta el amanecer.

El sábado, en principio, se lo piensa tomar tranquilo, pero cambia de opinión, dice que le han llamado, aunque no le ha llamado nadie, y se suma a la fiesta en el bar El Mondongo, que se prolonga con muchas copas hasta cerca de las siete de la mañana. Se cierra el bar y hay propuestas de seguir la francachela en una casa, un after. No es la primera vez que Cañas hace esto, pero dice que él no va. Se queda solo. Y ahí está el momento ciego de la noche. Ya nadie más le ve. La siguiente noticia será que su cuerpo ha aparecido en el río. ¿Qué es lo que pasó en ese rato? ¿Cómo acabó el batería al que le sonreía la vida en el agua?

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