OPINIÓN. AUTOPISTA 61

Sin el audífono

Todos somos muy quisquillosos cuando creemos que se está hablando de nosotros. El escritor John Cheever se quejaba en una entrevista de que sus amigos y familiares sólo se sentían identificados con los personajes de sus relatos cuando aparecía alguien que era torpe o deshonesto o llevaba un audífono o tartamudeaba. Por lo general, todos sus conocidos se sentían aludidos cuando salía a relucir un personaje con un rasgo desagradable de carácter o una característica física negativa (una cojera, unos ojos bizcos, unas orejas demasiado grandes y separadas). Y además, esos conocidos no tardaban en hacérselo saber, ya que todos corrían a quejarse ante el autor, indignados por lo que consideraban una profanación y un ultraje: “Por qué me has retratado de esa manera en tu relato?”, le gritaban a Cheever cuando se lo encontraban en una reunión o en una comida familiar.

Pero lo curioso del caso es que ninguno de sus conocidos, decía Cheever, se sintió identificado con los personajes que tenían rasgos positivos. Ninguno supo verse reflejado en un personaje bondadoso o valiente o escrupuloso o leal. Ninguno se vio retratado en alguien que no mentía ni robaba ni aparentaba ser lo que no era. Sólo se veían representados si llevaban un audífono o eran avariciosos y mentirosos y necios. “Y es que la gente –concluía Cheever con cierta tristeza resignada– siempre está dispuesta a acusar en vez de celebrar algo, sobre todo cuando leen una historia”.

Conozco muy bien esta clase de susceptibilidad enfermiza. Si hablas bien de alguien en una novela o en un relato, si construyes un personaje que es generoso y desprendido y comprensivo, nadie correrá a agradecerte que lo hayas retratado en un libro. Pero si creas un personaje desagradable que es un simple producto de la imaginación (aunque pueda estar inspirado por personas reales), mucha gente que conoces y que no tiene nada que ver con ese personaje te reprochará que la hayas usado como modelo y que te hayas burlado de ella. Somos así de fatuos y de malintencionados. Como decía Cheever, preferimos acusar antes que celebrar o que sentirnos halagados. Vivimos instalados en la desconfianza y en la susceptibilidad, cuando lo razonable sería estar pendiente tan sólo de las cosas buenas que se dicen de nosotros. Además, no hay nada malo en llevar audífono. Yo mismo he tenido la precaución de quitármelo al escribir esto. Por si acaso.

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