En el pecado va la penitencia

Ana y La Candelaria

A Ana Cordón, quien cuida a su madre Ana como quien cuida a una orquídea.

ANA charla, Ana se ríe y charla. Pregunta cosas disparatadas y vuelve a reírse. Igual te llama precioso que cateto. Ahora cree que eres su padre y después su primo. Mientras estés a su lado no cesará el interrogatorio. Tampoco la risa.

-¿Tú eres mi hijo el chico?

-No Ana, yo soy Manolo. El amigo de tu hija Ana

-Pero, ¿tú conoces a mi hijo el chico?

Ana es feliz. Ana es enormemente feliz. Aunque pese cien kilos y apenas se mueva. Aunque su cabeza apenas tenga momentos de lucidez. Aunque haga años que padezca Alzheimer.

Su mente anda siempre en metida en un maldito embrollo y hay pocas cosas que la hagan salir de ese caos. La procesión de La Candelaria es una de ellas. Cuarenta años de vida en La Plata contemplando a la cofradía del barrio han dejado una huella tan profunda que ni la enfermedad ha podido borrar. Por eso, cada Lunes Santo, Ana sale a ver en su silla de ruedas a su hermandad.

Cuando sus más de ochenta años asoman por la puerta, la calle José de Arce se ha puesto sus mejores galas para recibirla. El cielo muestra el azul más puro. Los viejos bloques un blanco roto por el paso del tiempo. Los arces estiran sus ramas y hacen temblar sus hojas para saludar a la anciana. La armonía suprema creada por Fernando de la Cuadra, para que sirviese de escenario al día grande de Ana. Ella avanza despacio con su silla rodeada de hijos y nietos saludando a todos, rebosante de alegría. Las vecinas se acercan a Ana, le dicen piropos y Ana los devuelve con creces. Aún es temprano, pero así es más fácil llegar a la calle Pizarro, sin tanta bulla.

La familia sienta el campamento en un bar, aprovechando la elevación de la calle en este punto. Comienza la fiesta al calor del café, mientras a lo lejos suena ya la tambor.

El público afluye lentamente, mientras Ana sigue disparatando, nerviosa porque intuye que es un día extraordinario. Y mientras ella ríe y pregunta como una niña, van apareciendo los personajes de la Pasión. Parroquianos de rostros arrugados que delatan muchas procesiones de La Candelaria a las espaldas, carritos de bebé, vendedores ambulantes, niñatas de la ESO, novios acaramelados, tártaros, tortas de la Semana Santa, pandillas de amigos con ganas de cachondeo, fotógrafos aficionados, algún extranjero despistado, hordas de bolizas... El Jerez Eterno.

Ya asoma la cruz de guía y el griterío empieza a ser insoportable. Ana ya está preparada en su palco, como una sultana. Cuando empiezan a pasar los penitentes el mundo no existe para ella. Ana los mira y se ríe. Señala con el dedo. Son ellos. ¿Tal vez no? Ana los conoce. Son raros pero los conoce. Quiere recordar dónde los vio. ¿Ayer? ¿El mes pasado? ¿Hace mil años? No sabe cuándo, pero está segura de que son ellos. Se lo dicen la bulla y el olor a incienso.

Cuando aparece por la esquina el Señor Ana deja de reír y mira al paso fijamente. Parece que poco a poco se va deshaciendo el nudo que ata su pensamiento. Guarda silencio contemplando el montón de figuras que corona el conjunto. Extrañada y sorprendida.

-Ana, ahora viene la Candelaria

Parece que alguien pronunció la palabra mágica y se rompió el hechizo que mantenía a Ana fuera del mundo. El palio dobla la esquina al son de la banda y Ana empieza a llorar. La vio muchas veces. No sólo en esta calle, también en la iglesia. Quizás le rezó. Quizás le pidió por los suyos en los momentos malos. Quizás fue a darle gracias. La Candelaria de nuevo está en las calles de La Plata y mientras cruza, muy despacito, por delante de Ana, ella levanta sus cien kilos de la silla como puede y entre lágrimas, empieza a decirle guapa.

¿Sabrá Ana qué hace? ¿Sabrán los presentes qué le pasa a esa señora tan gorda que chilla y llora? ¿Se habrá dado cuenta alguien de que me he emocionado al ver uno de los momentos más hermosos de todas las Semanas de Pasión que he vivido?

Sólo un instante de poesía pura. Mínimo pero muy intenso.

Y mientras la turba baja acompañando a la cofradía, Ana vuelve a su universo feliz, sin acordarse ya de lo que ha vivido hace un momento.

-Mamá, dile adiós a Manolo

-¿Manolo? ¿Qué Manolo? ¿Tú eres Manolo Escobar?

-Si Ana, ahora voy a cantarte Viva Almería

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