Días de arte

Asunción de un tiempo sin edad

LAS ilusiones de las vísperas han culminado en un domingo esperado. Los ritos marcan las normas escritas y oídas; la sociedad actual las sabe y las interpreta según conveniencia. El noble empeño en llevarlas a la práctica se rige por la dureza del alma de cada cual. Existe una total diferenciación entre lo que debe ser y lo que es. Es ley de vida en una sociedad a contracorriente con la que hay que vivir y a la que hay que tener en cuenta porque hace ruido. Pero, es Domingo de Ramos y en el aire se presume jornada iniciática, estreno de un tiempo que hace remover nostalgias, acentuar pretéritos y, también, comenzar unas vacaciones de jugosa alternativa. Todo es posible en esta selva urbana de prosaísmos y sentimientos.

Hace tiempo que todo ya no es lo mismo. Las vísperas excelsas del Domingo de ramas de olivo, estrenos  e ilusiones, fueron adelantadas por la inquietud  de unos pocos que quisieron – porque no los dejaban – romper los esquemas y protagonizar un presente con vocación de futuro. Hace tiempo que la primera no se ve entre palmas infantiles de inquietos antifaces azules. La mágica visión del primer nazareno por la Porvera, la Merced, la Albarizuela o las Angustias, hace años que se perdió en barriadas remotas o céntricas plazuelas de Viernes del Dolor en besamanos o Sábados que, como éste, desgranan las nuevas inquietudes que acontecen en un terreno de juego futbolístico. Es la moderna sociedad imponiendo su potestad a los rígidos establecimientos de una religiosidad cuyos postulados se guardan escritos pero se desarrollan al arbitrio de una realidad con muchos desajustes.

Domingo de Ramos que marca el alfa y el omega que repite nuestra forma de sentir en cofrade; anacronismos históricos que felizmente se comparten porque, si no, la historia volvería a ser demasiado aburrida. Cristo vivo por San Marcos y lúgubre discurrir por las viejas calles de un barrio de sabor añejo; orto y ocaso de una concepción religiosa con una lógica desajustada, según el pueblo. Contrastes de día de grande. Domingo de Ramos con nostalgias de cuadrillas costaleras que fueron de las primeras en adelantarse a los tiempos. Vacío grande en la delantera de un paso por culpa de las pobres incongruencias de unos pocos que no se enteran o no quieren enterarse. Hermandad de la Coronación donde me enseñaron a ser cofrade de Jerez. Nostalgia de antiguos cofrades que eran sabios hacedores de ilusiones y a cuyo ejemplo habría que acudir para saber a qué atenerse. Querida Hermandad de la Coronación, allí donde una túnica llegada de lejos, sirvió para reconquistar un tiempo que fue definitivo. Domingo de Ramos, sabor tradicional en los feudos patronales donde habitan imágenes que comparten los sabios esquemas de las formas escultóricas sin tiempo ni edad. Lección mágica de obra antigua en un Jesús del Consuelo y espectacularidad suprema en la máxima definición de dolorosa guapa en la Madre y Señora de las Misericordias. Sebastián Santos, el bueno, que se hace supremo artista en el ejercicio absoluto de cómo se concibe la moderna belleza de María, en la Virgen de la Estrella, quintaesencia de la belleza bajo palio. Domingo de Ramos de empeños nazarenos. Hermandad del Cristo del Perdón. Lucha diaria con el devenir de una historia y de una sociedad que le es hostil y a la que se enfrenta, en desigual lucha, por conseguir una posición que, ya, no tiene vuelta de hoja. Perseverancia cofradiera de una hermandad, espejo donde mirarse. Domingo de Ramos de contrastes. Lección mágica de andar nazareno, tipología perfecta de cofradía en la calle que anuncia al mundo la autenticidad silente de un acto que no tiene límites, cuyo principio y fin lo impone la exactitud de una Hermandad de negro, perdida en los recovecos de la historia y que cada Domingo de Ramos abre un capítulo de presente eterno.

Domingo de Ramos a la conquista de una identidad para este pueblo grande al que le sobran cualidades y le faltan maneras.

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