En el pecado va la penitencia

Brillantina, el capataz

  • La trabajadera era un solo hombre, un bailarín con la gracia de Nijinsky y la fuerza de Sansón

EL último día de agosto de 1920 veía la luz en Jerez Juan López, hijo de Andrés López, quien trabajaba como chófer de don Miguel de Goytia y Machimbarrena, marqués de los Álamos del Guadalete. El papá de Juan, además de ser uno de los primeros conductores que hubo en la comarca, fue un gran aficionado a la Semana Santa, dirigiendo una cuadrilla de costaleros que llegó a ser famosa en la Baja Andalucía. Por apodo recibió el nombre de El Caramelo, al parecer por la dulzura que empleaba para requebrar a las damas.

La admiración que sintió Juan desde pequeño por su progenitor marcó su vida. Poco dado a los estudios, Juan se demostró muy hábil en la mecánica y así, a los trece años entró al servicio del marqués como ayudante de su padre. En 1936, y con poco más de 15 años, fue reclutado por Salvador Arizón, comandante militar de la ciudad, para reparar los vehículos del ejército, quedando manifiesta la valía del muchacho. La Guerra Civil la pasó Juan como mecánico de acá para allá, llegando a presenciar la Batalla del Ebro y la toma de Teruel. Luego vino un servicio militar de larga duración que no lo dejó libre hasta 1942, cuando volvió a su tierra.

Corrían tiempos duros, de represión, hambre y Cara al Sol para un Jerez dominado por una oligarquía bodeguera triunfante. Sin embargo, Juan no tuvo problemas en esta época tan complicada. El marqués de los Álamos le tenía en alta estima por los servicios prestados al Bando Nacional, así que le dio empleo como chófer para que pilotase un hermoso Buick negro que le acababan de traer de Estados Unidos.

Respecto a la costalería, Juan no sólo imitó a su padre, sino que lo superó. Los años que nos ocupan fueron los que vieron crecer los pasos, es decir, que de las coquetas andas decimonónicas fueron poco a poco sustituidas por otras del tamaño que hoy conocemos. Esto supuso un reto para capataces y costaleros. En su condición de chófer Juan visitaba con frecuencia las tierras del marqués y allí trabó amistad con los trabajadores del campo, gente habituada a tareas penosas. No sabemos muy bien cómo, pero el caso es que los fue convenciendo para que se contratasen como costaleros en la cuadrilla de su padre. En 1945 llegó el gran reto. La Hermandad de la Amargura estrenaba el gigantesco paso de la Flagelación, con tan mala suerte que unos días antes El Caramelo (candidato a guiarlo) se fracturó una pierna tras caerse por las escaleras de una casa de Rompechapines, según cuentan borracho como una perra.

Juan, al que los hombres de la cuadrilla apodaban Brillantina por la profusión con la que usaba este producto en su cabello, se armó de valor y se puso al frente del mega-paso. El público presente a la salida de la cofradía contuvo la respiración y pronto quedó embelesado por la magia que irradiaba la mole al andar. Ritmo, control, poderío, elegancia y un caminar digno de reyes que asombraron a las calles. La trabajadera era un solo hombre, un bailarín con la gracia de Nijinsky y la fuerza de Sansón, porque contra todos los pronósticos, la resistencia de los cargadores fue absoluta. Algunos, tal vez movidos por la envidia, achacaron este éxito a una suerte de doping, pues corrió el rumor en los mentideros cofrades de que antes de empezar la procesión suministró a cada costalero un candié adobado con ciertas hierbas (se llegó a hablar de hachís y mandrágora) que dotó a los hombres de una fuerza sobrenatural.

El éxito de Brillantina fue total. Era un espectáculo verlo pavonearse por las calles en los días sucesivos con chaqueta cruzada, su corbata de seda y su pelo de escultura. Al año siguiente le llovieron las ofertas de todas y cada una de las hermandades de Jerez, a excepción de aquellas, como el Cristo y el Nazareno, cuyos pasos eran portados por hermanos. Con gran tino Juan fue contratándose con prudencia, pero con un objetivo claro: llegar un año a cargar con su cuadrilla todos los días de la Semana Mayor. Fueron años de gloria para el chófer. A casa del marqués de los Álamos llegaban invitaciones y regalos de todo tipo para tratar de convencer a Juan de que llevase su cuadrilla para cargar en tal o cual hermandad e incluso un día llegó a la calle Francos un barril con el rótulo GREASE que hizo las delicias de nuestro héroe.

Llegó así 1957, año fatídico para nuestro bizarro amigo. Fue ésa la Semana Santa en la que Brillantina se propuso dar la campanada y realizar la proeza de cargar con su cuadrilla la semana completa. Hasta el jueves todo fue bien, pero ese día uno de sus hombres sufrió un desvanecimiento bajo el palio del Mayor Dolor y hubo de ser hospitalizado. La madrugada no supuso ningún problema, ya que portaron el Santo Crucifijo, paso de pequeñas dimensiones por lo que buena parte de los cargadores pudo irse a descansar. Pero el viernes a las tres de la tarde la cruda realidad se presentó ante Brillantina. Sus costaleros se negaron a desplazarse a Sanlúcar de Barrameda para llevar sobre sus hombros al Cristo de la Vera Cruz. De nada sirvió que Juan les jurase que el duque de Medina Sidonia les daría una cuantiosa propina ni que les prometiese doble ración de candié. Los operarios se plantaron y el capataz tuvo que buscar una solución de última hora.

El aprecio que por él sentía el marqués de los Álamos facilitó que le prestase el Buick (que era una verdadera tanqueta) y con él se plantó en la sanluqueña iglesia Nuestra Señora de la O. Se pueden figurar el asombro de los cofrades al saber que Brillantina quería colocar encima al Cristo y pasearlo de este modo por la ciudad. Dicen que los gritos se pudieron oír en la Colonia de Monte Algaida, pero ante la disyuntiva de quedarse sin salir en procesión, la duquesa cedió un tapiz flamenco para cubrir el coche y sobre él levantaron la cruz. Como Juan iba de capataz, el chófer fue el único costalero leal, Paquito El Bizco, quien no sabía conducir. Con tan sólo unos rudimentos en el manejo de automóviles que su jefe le dio cinco minutos antes de que el paso asomase por la puerta, el costalero fiel se puso por última vez a las órdenes de Brillantina.

Quiso el destino que al bajar la cuesta de Belén El Bizco confundiese el freno con el acelerador, llevándose por delante al príncipe de los capataces, quien acabó despachurrado en el muro del Mercado, junto a las Covachas.

Dos días más tarde se celebró su funeral en Jerez. Entre amargas lágrimas, los costaleros de su cuadrilla pasearon su cuerpo para posarlo delante de todas y cada una de las imágenes que llevó, con lo que ese año la Semana Santa se ornó con un precioso y triste broche de oro. Aún hoy hay quien conserva trozos de su pelo petrificado como reliquia del capataz de capataces

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