San Floro

Además de un san Flor, mártir siciliano del tiempo de las persecuciones romanas, hay, de los que yo tenga noticia, cuatro santos de nombre Floro. Habrá más. Si hay algo inagotable, es el catálogo de los santos. Aparte de los santos del Martirologio oficial de la Iglesia, la verdadera riqueza de las leyendas piadosas se encuentra en los antiguos santorales diocesanos, nacionales, monacales y los de la devoción popular medieval, bendecidos o no por la Iglesia, antes de que los bolandistas y los neobolandistas del Vaticano II se volvieran podadores del árbol frondosísimo de la mitología cristiana, de la Viña del Señor, en la que tiene que haber de todo. En inglés hay un diccionario de santos exhaustivo (santos Pedro hay 400). En español, que sepamos, no se ha publicado nada parecido. Da igual que los santos sean verdaderos o falsos, legendarios o históricos, lo importante son los mitos, una manera distinta de contar la Historia y de explicar el alma humana, la psique.

San Floro fue uno de los 72 discípulos de Cristo. Era tan joven que san Juan, que no admitía competencia en cuanto a juventud, estorbó ante el resto de los apóstoles para que el muchacho no estuviera entre los servidores de la Santa Cena, un agravio que estuvo a punto de costar la salvación del alma de Floro. Por aquel tiempo pululaban por Palestina y Asia Menor multitud de predicadores, gnósticos, adivinos, profetas y magos que tomaron para sí ciertos elementos del cristianismo primitivo. Floro, que llevaba la experiencia de los milagros de Cristo, de su Muerte y Resurrección fue muy bien recibido entre estos charlatanes. Recorrió muchas ciudades y pecó mucho por su extrema juventud. Había un tal Eleazar que decía poseer el anillo que el arcángel san Miguel le había entregado al rey Salomón, con la facultad de expulsar a los demonios y prohibirles volver a los cuerpos liberados. Con sus encantamientos provocaba trances y arrebatos, los que aprovechaba para abusar sexualmente de las mujeres que le seguían.

En este grave peligro estaba san Floro cuando se encontró con san Pablo, quien le guió por el camino del bien y le hizo ver que los exorcistas y encantadores recibían sus poderes de los mismos demonios que decían expulsar. Para alejarlo de los peligros le mandó evangelizar Auvernia, en las Galias, donde se le considera su apóstol y patrón. Pero hay una confusión con otro Floro en las mismas tierras de la actual Francia: el discípulo de Cristo nunca fue obispo, aunque las leyendas le dan esta dignidad, sino el que le da nombre a la abadía cluniacense de San Floro de Estaing, pero esta ciudad no fue elevada a episcopado hasta el siglo XIV. Hay dos fechas para celebrar a los santos Floro de Auvernia, el 1 de junio y el 26 de octubre, pero nada sabemos de cierto si son el mismo o uno de los desdoblamientos muy corrientes en el santoral.

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