San Ursino de Bourges

Ursino-Natanael fue el encargado de leer durante la Santa Cena, estuvo presente en la Ascensión y desde lejos, y derramando muchas lágrimas, en toda la Pasión de Cristo. Más adelante presenció la lapidación del protomártir san Esteban, donde le fue concedido para siempre el don de lágrimas. San Pedro, una vez más, le regaló un báculo milagroso y lo ordenó obispo con el mandato de predicar en las Galias. No fue de vacío, pues, aparte del báculo petrino, llevaba la correa con la que Jesucristo había sido atado a la columna para la flagelación y piedras ensangrentadas del martirio de san Esteban. Se quedó en Bourges porque allí encontró a un santo varón, todavía pagano pero inclinado a la conversión, el senador Leocadio, quien le cedió su casa para consagrar en ella la primera catedral de la ciudad. El éxito de la leyenda elevó a san Ursino a la misma categoría que san Marcial de Limoges, muchacho que había servido la Santa Cena.

No pensemos que todo fue fácil para san Ursino. Las Galias más romanizadas sentían un gran menosprecio por el cristianismo, al que veían como una religión bárbara, llena de misterios incomprensibles, propia de gente pobre, inculta y fanática que se entregaba al martirio antes que participar en las honras a los dioses populares. San Ursino se refugió en los bosques como anacoreta para huir de las iras de los paganos. Poco a poco los paganos se dieron cuenta que el mensaje cristiano era de paz y misericordia, y los cristianos por su parte adoptaron las imágenes bendecidas y con nuevos nombres. San Ursino volvió a su iglesia de Bourges, bautizó al senador Leocadio y a su familia y vivió en paz gracias a su bondad con el respeto de los paganos y la veneración de los cristianos. Siglos después se construyó una hermosa catedral (en la foto) para custodiar las valiosas reliquias que el santo fundador había traído de Tierra Santa.

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