Señorío

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Los años setenta del siglo pasado fueron una época nefasta para San Mateo. La mayor parte de sus habitantes se marcharon al extrarradio buscando las comodidades que unos inmuebles viejos no podían ofrecer y este hermoso rincón se convirtió en una de las partes más degradadas de Jerez. Sin embargo, la cofradía mantuvo vivo ese espíritu de barrio que en el día a día se había perdido. Como por un milagro, mientras que el resto del año las calles permanecían vacías o llenas de bolizas, el Martes Santo todos vuelven y resucita el espíritu de otra época. Quizás ese sea el secreto que ha mantenido casi intacta la estética del Desconsuelo, la nostalgia de un San Mateo soñado que había sobrevivido en un cortejo, en unos pasos y unas túnicas negras y coloradas, en un desfile señorial que nos transporta a tiempos lejanos.

Me gusta ver a Los Judíos nada más salir, por la calle Justicia y con el sol aún luciendo. No me pesa aguantar más de una hora viendo pasar, muy pero que muy despacio al tropel de penitentes que trae. Son ese pueblo que un día abandonó la Tierra Prometida y que esta tarde ha venido a recuperarla. Me alegra ver cómo en una Semana Santa en la que los cambios estéticos son vertiginosos, hay una cofradía que insiste en mantener las mismas formas de hace setenta años. Ahí estará la cruz de guía de madera dorada, la lanza, el cartel del INRI y la caña de la esponja de plata vieja, los estandartes con bordados que en su día colgaron de palacios. Todo igual que siempre, moviéndose lentamente por las calles estrechas. Me gusta ver el brillo del oro viejo del primer paso, los chorros de sangre que caen por la espalda del Señor de las Penas, los cardos, los rostros deformados de los judíos que trabajan sobre la cruz. Me emociona volver a ver doblar la esquina el palio del Desconsuelo, comprobar que no le han tocado un fleco. Ver a la Virgen cuajada de joyas viejas, de esmeraldas y brillantes, rodeada de bordados buenos, de metales preciosos.

Cada Martes Santo por la tarde renace un Jerez que muchos creían olvidado. La ciudad de los aristócratas, de los operarios de las bodegas, de las casas de vecinos. Aquel lugar en el que todos tuvieron porte señorial, aunque fuesen explotados, calzasen alpargatas y comiesen ajo caliente.

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