Viernes Santo

VIERNES Santo. Día de luto y silencio. Día en el que atrona y retumba en nuestros oídos el grito más escandaloso de todo el Evangelio: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", que resuena como una palabra de absoluta desolación. Aquí tan sólo tenemos un grito de dolor y de soledad.

Estas terribles palabras de Jesús citan el Salmo 22. Varios cientos de años atrás, alguien, hombre o mujer, se había sentido angustiado y había escrito estas palabras. Jesús las retoma y las hace suyas. Abraza esta experiencia de desolación extrema y la comparte. De alguna manera, incluso la experiencia de la ausencia de Dios es trasladada al seno de la vida de Dios.

Eli Wiesel, superviviente del Holocausto, relataba en su libro La Noche los terribles ahorcamientos que tenían lugar en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial y narra como, a su pregunta: "¿Dónde está Dios en estos momentos?" encontró dentro de sí mismo la respuesta "Dios está ahí, colgado de esa horca". Muchas veces debemos estar al lado de personas que se ven enfrentadas a un sufrimiento absurdo, innecesario y sin sentido. Incluso nosotros mismos podemos pasar por momentos semejantes, donde el absurdo, el vacío, la desesperación nos haga mirar hacia delante con un horizonte completamente negro.

Jesús también pasó por ahí. Él, viviendo en la cruz la más categórica de las soledades, conoció el sinsentido del mal y fue abocado al vacío existencial más absoluto. Pero, aún en esa situación de completo vacío, Jesús se aferra a lo único que le queda: a su Padre, a Aquél a quien durante toda su vida se dirigió como Abbá, al que fue motor y motivo de la totalidad de su existencia.

Jesús es el mejor ejemplo de esperar en Dios: tras su muerte se hace el silencio y tenemos que aguardar que la Resurrección rompa el silencio de la tumba. Dios quiere siempre que esperemos su palabra: les prometió un heredero a Abraham y Sara, pero tuvieron que esperar años hasta la concepción de Isaac; Dios le prometió un Mesías a su pueblo, pero tuvieron que esperar miles de años. Siempre es preciso que aguardar un tiempo antes que Dios hable (cosa que nos cuesta trabajo a nosotros, los que pertenecemos a la generación del ahora, que, en palabras de Zygmunt Barman, hemos prescindido de "la espera del deseo").

La Resurrección de Jesús, que celebraremos en la noche santa de la Pascua, es la muestra fehaciente de que el absurdo, el vacío, la nada o la muerte no pueden tener la última palabra de nuestra existencia humana. La Resurrección de Jesús es el gran grito de Dios en la Historia porque siempre, a pesar del silencio momentáneo, la última palabra es de Dios.

Javier

García Rincón

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