El palio de la Piedad

Los juicios que se puedan emitir sobre las nuevas piezas que pasean por las calles con estas recientes congregaciones son tan personales como el gusto estético de cada uno, siendo cada opinión respetable. Pero que los estilos pop-cofrade, post modern-cofrade, bizarre-luna de Nisán y en algunos casos underground-pasional y trash-entre varales hayan afectado a las cofradías ya existentes me parece grave. Podríamos hacer aquí un elenco de los despropósitos efectuados en los últimos tiempos, pero nos faltarían hojas en un periódico en el que tiene que caber mas noticias, por lo que hemos decidido dedicarle estas líneas a una cofradía que parece luchar contra la corriente generalizada de renovación, recuperando con paciencia su rico patrimonio.

Los orígenes de la Hermandad del Santo Entierro están documentados en el monasterio de la Merced durante los años centrales del siglo XVI, siendo una de las primeras (si no la primera) que realizó una procesión de penitencia por las calles de Jerez. Con el tiempo llegó a convertirse en una de las cofradías más importantes, con capilla propia y un considerable conjunto de piezas artísticas en su haber. El cénit lo alcanzó durante las primeras décadas del siglo XX, cuando era la favorita de la aristocracia local, llegando a participar en la procesión del Viernes Santo ni más ni menos que Alfonso XIII. Pero por razones que desconocemos, la hermandad cayó en picado. De salir dos días pasó a hacerlo tan sólo uno y apenas sin gente, abandonando por el camino un paso alegórico en el que se representaba el triunfo de la Cruz sobre la Muerte que era popularmente conocido como La Chacha. De unos diez años a esta parte y en lugar de embrutecer su paso por las calles con mamarrachos de nueva factura, esta cofradía ha decidido rescatar del olvido su rica historia, regalando a la ciudad una joya digna de conservarse en cualquiera de los museos más importantes del mundo: el conjunto del Duelo de la Virgen de la Piedad.

Esta soberbia composición fue realizada entre los primeros años del XVIII, en que se hicieron las esculturas, y 1930 en que se colocan en el actual palio, que fue realizado en la centuria anterior por las míticas hermanas Antúnez. El resultado es una obra en la que las formas están medidas al milímetro para expresar el dolor de María al ver cómo se cose la mortaja de su Hijo. Y vaya si lo consigue. Ahí está la pena profunda y refexiva de las Marías que se afanan en cortar la tela, el gesto de deseperación de la Magdalena que levanta el rostro buscando respuesta a algo tan inexplicable como la muerte de Jesús, la belleza de la Virgen con cara de niña bañada en lágrimas y el precioso gesto de consuelo de San Juan que contempla angustiado a María mientras que le tiende el brazo tras la espalda. Todo ello bajo un fantástico dosel de terciopelo negro bordado en oro con trazos angulosos y un sabor antiguo que tenemos la enorme suerte de ver andando por las calles de Jerez cada Viernes Santo.

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