Adiós a Monchi, adiós a Sísifo

  • Inédito homenaje a un ejecutivo, un gestor, por cómo acarreó la roca hasta la cima cada año.

  • Todos los goles fueron de jugadores de su última cosecha.

Pasarán décadas hasta que vuelva a producirse el rito de la despedida de un ejecutivo, de un gestor, como el que vivió Monchi, si es que se produce. Ramón Rodríguez Verdejo tuvo su tarde ideal, su homenaje redondo, desde los prolegómenos emotivos y canoros en las afueras del estadio hasta la media docena de goles, todos marcados por futbolistas fichados por él, por ese dios creador del Sevilla de los prodigios que, como castigo por su afán inconsciente de eternidad, sufrió el castigo de Sísifo: si el personaje mítico tuvo que acarrear una y otra vez a lo alto de una montaña una roca que rodaba hacia abajo al coronar la cima, él tuvo que reconstruir su equipo año sí y año también después de haberlo llevado a la cima del éxito.

Todo el mimo puesto cada primavera en imaginar, gestionar y reconstruir una nueva plantilla con la presión de que volviera a resultar efectiva se iba diluyendo un año después, dos como máximo, por el refrendo del éxito. El Sevilla, gracias a Monchi, construyó un modelo mil veces imitado y casi nunca mejorado, el de la reinvención anual, como en una repetición cíclica, circular -como los griegos veían la historia-, que tenía sus propios ritos, como lo tienen nuestros ciclos vitales vinculados a lo religioso (hoy es Domingo de Ramos, el Viernes Santo será la primera luna llena equinoccial) o lo lúdico-festivo, según las creencias de cada cual. Uno de esos ritos era levantar un título antes del solsticio. Otro, despedir a los héroes después de alzar el símbolo plateado de ese ciclo futbolístico. Era o es, he ahí la cuestión. Pasado o presente. Monchi es pasado, y el Sevilla es futuro... Jovetic, Sarabia, Correa y Ben Yedder, fichajes de su última cosecha, fueron los autores de los goles. Son la semilla de ese futuro. Hasta Kakuta se unió al homenaje.

Con Monchi llegaron hasta nueve títulos a las vitrinas del Sevilla, todos los que lucieron en el césped de un Sánchez-Pizjuán entregado, más otros dos títulos apócrifos: el de mejor equipo del mundo en 2006 y 2007. Monchi se agarró al quizá más bello y menos importante de esos títulos, la Supercopa de España, antes de dar una vuelta olímpica. Y mira que tenía dónde elegir: cinco UEFA Europa League, una Supercopa de Europa y dos Copas del Rey. Sólo le faltó el laurel sobre sus sienes, aunque los cánticos de los más de 30.000 espectadores que se entregaron al ritual coronaron de estrellas y proclamaron bendito al ingeniero de la plata. "León, León, León San Fernando...", tronaba Nervión en un cántico iniciado desde la rediviva grada de Gol Norteo. La redención de los Biris tenía su primera razón en el adiós de Monchi.

Se va el más grande guardián de Nervión. Dicen que a Roma, dicen que a París... No puede cambiar Sevilla por cualquier aldea. Lo espera la Ciudad de la Luz, o la Ciudad Eterna... Y en su adiós tuvo un cálido y emotivo reconocimiento masivo, de sus hermanos, como él considera al sevillismo, incluso a aquel que no comprende su huida. Su renuncia a cargar con su escudo hasta la cima de nuevo, otra vez.

El Sevilla, que llevaba seis partidos sin ganar, volvió a hacerlo para dar lustre al adiós. Por Monchi era obligatorio ganar como fuera. "Gracias por todo, oh, Monchi, gracias por todo", cantaba la grada. Puede que incluso aquellos que no comprendieron el agotamiento de este Sísifo que buscó otra montaña donde subir su roca.

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