Copa del rey · sevilla - espanyol

Un cable a tiempo (3-1)

  • El Sevilla encuentra un premio inesperado al agarrarse a un arreón final para ir a Cornellà con un marcador de garantías. Un gol de Cala y un penalti convertido por Negredo en el descuento maquillan un partido con varias dudas.

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Hace casi un mes justo, en este mismo escenario, el sevillista que había acudido al estadio y que pensaba en aligerar su salida del mismo para evitar el atasco al dejar el aparcamiento sufría un repentino cambio en su estado de ánimo cuando Mateu Lahoz y el Barcelona arruinaban una magnífica noche de fútbol de los de Míchel. Ayer, si ese mismo aficionado decidía no faltar a su cita con el equipo de sus amores y desafiar a los operadores televisivos acudiendo al Ramón Sánchez-Pizjuán, sintió al final del partido todo lo contrario.    

Porque el fútbol es así de caprichoso. El Sevilla, si aquel encuentro ante el Barcelona no merecía más que ganarlo y acabó perdiéndolo, ante el Espanyol en una competición distinta se encontró en los minutos  finales y en el descuento con un marcador que quizá no reflejaba lo merecido tras lo ocurrido sobre el terreno de juego desde el minuto uno. O sí, porque tampoco habría que mirarlo desde un lado tan negativo. Pero lo que puede afirmarse sin riesgo a equivocación es que el aficionado -el que presenció el choque sentado en la localidad de su abono o el que lo vio en el sillón de su casa- se fue con unas sensaciones muchísimo más optimistas con respecto a pasar la eliminatoria a cuando el Espanyol lograba el gol del empate con apenas veinte minutos por delante y Míchel ya había tocado a repliegue sacando a Reyes, a un buen Reyes, del campo y metiendo por él a un centrocampista. 

Bastó que los blancos pusieran un pelín de más intensidad y que la suerte esta vez apareciese de cara para que en apenas nueve minutos Nervión pasara de un inquietante y negativo 1-1 para el partido de vuelta a un resultado mucho más cómodo, no definitivo, pero sí con el que plantear el choque de Cornellà-El Prat con otra filosofía. 

Pero el 3-1 que hace pensar que el Sevilla puede meter cabeza en la siguiente ronda copera, ya los octavos de final, no puede esconder la escasa chicha con la que se empleó en un choque que tuvo de cara muy pronto, que pudo dominar y que no debía ofrecer mucha guerra ante un Espanyol con muchos suplentes en el once titular. Los locales debieron imponer más ritmo y más intensidad tras el tempranero gol de Fazio porque las reglas de la competición son totalmente distintas a las de la Liga. El Sevilla jugó con fuego y a punto estuvo de quemarse y esta vez nadie podría echarle las culpas a José Antonio Reyes, un futbolista que anoche no sería decisivo, pero que entre todos habían convertido en protagonista y que se erigió en el futbolista con la apuesta más interesante mientras estuvo en el campo, antes de que Míchel, en una decisión poco afortunada, lo sustituyera cuando el marcador era ese exiguo 1-0  que en Copa tiene un valor totalmente distinto al que pueda tener en la Liga. El utrerano, decidido a demostrar cosas, había puesto ganas y nadie dudará que es un futbolista distinto, capaz de conducir con velocidad y, al mismo tiempo, pararse y ver un pase interior. Pero el Sevilla no lo aprovechó. Tras el gol de Fazio, en un córner regalado por el portero espanyolista que bien pudo meterse el balón en su propia portería, el equipo de Míchel no tuvo la actitud que se pide en un partido de Copa. No aparecía Jesús Navas, a Rakitic -quizá el cambio que más se adecuaba a las necesidades de la cita y a las características del que salía por Reyes- se lo veía cansado y algo lejos de su zona de actuación con ese retoque en el sistema y Negredo tampoco lograba encontrar su espacio. 

Es verdad que el Espanyol, más allá de robarles con facilidad el balón a los locales, no inquietaba, aunque el Sevilla repetía una vieja manía que ya le ha costado sustos y disgustos: empeñarse en tocar el balón atrás elevando el riesgo precisamente en un torneo en el que un gol fuera de casa tiene un valor añadido muchas veces decisivo. Y así, dejándose ir y no queriendo emplear la fórmula del balón arriba cuando era además uno de los secretos del Sevilla de Juande, fue despegándose tanto del partido que esa falta de intensidad se le volvió en contra tras el empate del Espanyol. 

Quedaban veinte minutos y Míchel, con Babá como único recurso de ataque en el banquillo, se veía en la obligación de mandar a su equipo a la desesperada, ya sin mucho control y casi entregado a lo que pudiese inventarse un Campaña distinto al del día del Mallorca y a las jugadas de estrategia, un recurso al que a decir verdad este cuerpo técnico le echa horas y acaba viéndole la punta. Si el tanto de Fazio ya había llegado por esa vía, fue esta vez Cala quien ponía la firma a un esperanzador 2-1 tras otro saque de esquina lanzado por Campaña. Un gol fabricado desde los campos de la carretera de Utrera para quien le interese avivar el debate de apostar por la cantera o por los grupos de inversión. 

Pero no quedaría ahí la cosa aunque a algunos aficionados les pillaría ya camino del aparcamiento. Parecía asumido que el Sevilla iba a tener que sufrir en Barcelona por esa jugada en la que  Christian Alfonso había sorprendido al reaparecido Diego López, pero se asociaron por una vez en toda la noche Cicinho y Jesús Navas y el centro de éste acabaría en penalti. Era el minuto 93 y la suerte le hacía un guiño al Sevilla. Sólo faltaba que Negredo agarrase el cable. Y lo hizo.

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