La Constitución de Cádiz y la Guerra de la Independencia desde la barrera

  • Gullermo Boto pone en paralaelo el convulso arranque del Siglo XIX en España con la evolución del toreo · La peculiar defensa del carácter nacional de la corrida también tuvo a la ciudad como fondo

Con el patrocinio de "José Tomás Fundación" y editado por Quorum Editores, acaba de presentarse "Los toros de la libertad" un nuevo libro de tema taurino de Guillermo Boto Arnau, que hilvana la historia de la lidia en los veinte primeros años del Siglo XIX con ese cataclismo que sintetizamos en el titular como Guerra de la Independencia, término que le queda chico a un periodo en el que el viejo país cambiaba de aliados, de enemigos, gobernaba, combatía, debatía, mudaba de régimen, daba a luz a una Constitución, y -pese a estar en un barco que se hundía con un rey intruso en Madrid y el imperio de Ultramar rebelándose- no dejaba de asistir al teatro, bromear con las esquirlas de metralla de las bombas y asistir a festejos taurinos.

Y era así porque el toreo impregnaba el carácter nacional y el gaditano, en aquellos tiempos en los que nacían conceptos hoy cuestionados como nación o patriotismo. El toreo también está hoy en cuestión o revisión pero entonces, como el régimen, estaba en plena mutación el toreo de Pepe Hillo hacia el de Paquiro.

Y en eso el autor, Guillermo Boto, es un experto ya que en sus trabajos de tema taurino anteriores -"Cádiz, origen del toreo a pie (1661-1858)" y la biografía de Paquiro- analiza esa evolución desde el importante protagonismo taurino que distinguió a Cádiz.

"Los toros de la libertad" relaciona ambas historias, las "entrevera" como señala Rafael Cabrera Bonet, prologuista del libro, presidente de la Unión de Bibliófilos Taurinos y riguroso estudioso del toreo. Esas líneas paralelas del toreo y de los acontecimientos "nacionales" se cruzan en un momento esencial, precisamente en el oratorio de San Felipe Neri, línea meridiana del trabajo de Boto.

El toreo estaba prohibido desde 1805. Pese a las excepciones, fue la más seria prohibición que sufriría la más tarde llamada fiesta nacional. El militar del arma de Caballería, Francisco La Iglesia Darrac, tratadista de equitación militar, y poeta construye la "plaza de toros Nacional" en la Caleta. Al hilo de los festejos, que vuelven a Cádiz tras ocho años sin toros en 1813, el diputado Simón López García propone que en lo sucesivo se suspendan las corridas de toros de muerte en base al gran argumento antitaurino del siglo XVIII: que las corridas de toros son nefastas para la agricultura.

La paradojo histórica es que sea un catalán, Jaime Campmany y Montpalau, elocuente diputado y apologista del toreo, quien afirmó el carácter "nacional" de la corrida de toros. Desde entonces la fiesta es nacional y así la rebautizó el Conde de la Navas a finales de ese turbulento siglo. Hasta hoy.

Reinaba el concepto de la libertad y la soberanía residía en la nación española, conceptos inquietados hoy y es que parece que, como en el toreo, todo ha cambiado para que siga igual. Se puede mirar atrás con este libro y comprender muchas cosas, por eso el titular de la fundación patrocinadora de esta edición, el matador de toros José Tomás, parafraseando las palabras de José Ortega y Gasset, afirmó en la presentación que no se podía entender la historia de España sin tener en cuenta las corridas de toros.

Pues aquí están relacionados; el suceso taurino camina en paralelo al acontecer histórico en el relato de Boto: en Bailén hay garrochistas en combate, José Bonaparte acude a su primera corrida de toros en El Puerto, el toreo está en debate y los extranjeros que escriben sobre España-antes amigos o enemigos, ingleses o franceses- no pueden prescindir de la lidia para explicar el carácter español. Hoy en las plazas de toros, se rememora la fiesta de aquellos difíciles veinte años con las "corridas goyescas", que así se denominan por "Paco el de los toros", testigo desde la barrera.

Paralelismo hasta el fin del episodio: en 1820, casi a la vez que el absolutista batallón de Guias masacraba a los gaditanos que ansiaban volver a la Constitución de 1812, se hundía en La Caleta aquella Plaza Nacional y comenzaba la lenta agonía del toreo en Cádiz, y de la recién nacida nación española.

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