Coronavirus Andalucía Furor por la cloroquina, posible terapia contra el virus

Un farmacéutico dispensa un medicamento a una usuaria. Un farmacéutico dispensa un medicamento a una usuaria.

Un farmacéutico dispensa un medicamento a una usuaria. / Juan Carlos Muñoz

Primero fue el papel higiénico y luego llegó el Dolquine. La fiebre por la provisión de productos de consumo de más o menos primera necesidad llegó a las oficinas de farmacia de la mano de la cloroquina, un fármaco indicado para los enfermos de artritis y lupus.

El furor por el Dolquine, que contiene hidroxicloroquina, colmó las boticas de solicitudes de compra en forma de recetas. El riesgo estaba cantado. Los enfermos que consumían habitualmente el Dolquine temieron por su tratamiento. El desabastecimiento estaba a la vista.

Esta situación repentina tuvo un antecedente. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se hizo eco en una red social de un artículo científico que daba validez a la capacidad terapéutica de la cloroquina para enfermos del Covid-19. Días después, la FDA –la agencia estadounidense que regula los medicamentos– autorizó que los enfermos por coronavirus fueran tratados con cloroquina.

Irrumpió entonces el efecto mariposa y el aleteo de Trump provocó un tornado de compras en todo el mundo, haciendo peligrar las existencias en el mercado del fármaco para los enfermos crónicos de lupus y artritis.

Sin evidencia científica de la eficacia

Pero había un problema. Y sigue habiéndolo. No hay evidencia científica de la eficacia de la cloroquina o de sus derivados para el tratamiento del Covid-19. Jesús Rodríguez Baño, jefe del servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Macarena de Sevilla, explica a este periódico que "la publicación en la que se basó el uso de hidroxicloroquina ha sido muy criticada con razón; hay que ser prudentes". Su homólogo en el Hospital de La Paz de Madrid, José Ramón Arribas, cree positivo que se hagan ensayos sobre la eficacia de la hidroxicloroquina, pero –subraya Arribas– mientras tanto "hay cero evidencia".

Pese a la inexistencia de un consenso científico sobre su eficacia, las farmacias andaluzas registraron de un día para otro un aluvión de recetas con la petición de Dolquine. La bomba había detonado y amenazaba el equilibrio de la salud pública. Había que hacer algo. La salud de cientos de enfermos crónicos andaluces estaba en riesgo.

Las oficinas de farmacia andaluzas recibieron el 30 de marzo una circular en la que, por orden de la Consejería de Salud, se dictaba un procedimiento más estricto en la dispensación de la cloroquina, garantizando el suministro para los enfermos de lupus y artritis.

"A raíz de las informaciones aparecidas recientemente en los medios de comunicación generales y especializados sobre un eventual beneficio del uso de cloroquina e hidroxicloroquina en el tratamiento del Covid-19 –comunicaron los colegios farmacéuticos en la circular– "se ha generado un aumento considerable de la demanda de Dolquine", cuya "solicitud excesiva" puede poner "en riesgo el abastecimiento de dicho medicamento para atender el consumo habitual de los pacientes que lo tenían prescrito con anterioridad".

Fue por esa motivo por la que se hizo "necesario establecer un procedimiento excepcional" que impidiera "el desabastecimiento en el mercado de estos productos, asegurando en la medida de lo posible que los pacientes que lo toman habitualmente puedan seguir haciéndolo", explicaba el colegio farmacéutico, citando a "directrices recibidas de la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía".

Eficacia frente a emergencia sanitaria

Este caso de casi debastecimiento habla de dos cuestiones vinculadas a la actual pandemia: la proliferación de estudios que no cuentan con la deseable validez científica y la necesidad urgente de salvar vidas. Si en el primer caso el problema se encuentra entre quienes, como Trump, toman como una verdad del calibre de un axioma los resultados de un simple estudio realizado con 100 pacientes; en el segundo caso, el terapéutico, a nadie extraña que la medicina haga uso del arsenal farmacológico a su alcance para dar respuesta a la emergencia sanitaria. Es lo que está pasando en todos los hospitales del mundo.

El remedio de la cloroquina, un principio activo que se extrae del árbol de la quina, está siendo empleado por facultativos no solamente como terapia urgente en la primera fase de la enfermedad sino como elemento preventivo, combinado con el antibiótico azitromicina. (Ésa es la indicación para quienes viajan a zonas del mundo endémicas de malaria.)

Aún no ha habido tiempo para obtener resultados de los ensayos clínicos, que ofrecerán en lo venidero alguna constatación a la que agarrarse. Hasta entonces, el empleo terapéutico de la cloroquina, como el de todas las demás soluciones terapéuticas, sigue siendo un misterio.

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