Bienal

¿Era en realidad necesario todo esto?

  • Vivimos en la era del simulacro, de la sustitución de la realidad por una superposición desordenada de elementos reales deformados y desvirtuados y que consiguen apartar la atención y el interés hacia el entorno social, político y, en este caso, cultural.

A estas alturas de la vida musical, uno ya va estando curado de espanto de casi todo, pero ello no obsta para que no se agote la capacidad de indignación ante lo que se nos pretende hacer pasar por modernidad y que casi siempre no es más que una absoluta falta de originalidad.

Existe una verdadera obsesión por lo light y por la vulgarización en la cultura, bajo el demagógico y perverso argumento de la popularización de la cultura. Pero con ello no se consigue sino todo lo contrario, impedir el acceso de las masas a la verdadera realidad cultural. En pocos terrenos es más clara esta estrategia de desnaturalización de la experiencia cultural como en la Música. Gallardo cree que sus versiones de la música de Falla o de Albéniz ayudan a que la aprecien otros públicos más amplios, pero está equivocado, porque lo que el oyente escucha en conciertos como el de anoche no es Falla (esa Danza del fuego con cajón, o la del Molinero almibarada e irreconocible) ni Albéniz (esa Córdoba sin hondura), sino una música light, como de hilo musical de consulta de urólogo, mechada de aires jazzísticos, giros aflamencados y brisas brasileñas. Un simulacro, en definidas cuentas. Y una falsificación, por consiguiente.

Sólo sentí que allí había algo de emoción en la versión de Oblivion, con poema de Félix Grande, cante mesurado de Paco del Pozo y el baile contenido y reflexivo de Pilar Ortega. Gallardo, como siempre, muy bien de dedos. Estupenda la flauta de Cortabarría y pésimo el violonchelo llorón.

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