Varda por Agnès | Crítica La última lección magistral

Agnès Varda, en una imagen de su último documental testamentario. Agnès Varda, en una imagen de su último documental testamentario.

Agnès Varda, en una imagen de su último documental testamentario.

Es más que probable que Agnès Varda (1928-2019) ya supiera que estaba ante sus últimos meses de vida cuando comenzó a rodar este último documental, un recorrido por su obra cinematográfica y artística en forma de última lección, una lección al mismo tiempo íntima pero también pensada para una gran audiencia, rodada entre varias conferencias y charlas de mesita camilla realizadas en Francia a lo largo del pasado año, y esa moviola prodigiosa marca de la casa capaz de ensamblar tiempos, lugares, figuras e ideas desde el relato en primera persona.

Varda por Agnès se articula así como una mirada retrospectiva a la propia obra, rara vez a la persona (tan sólo la evocación de Demy parece empañarle un poco los ojos), y como una suerte de despedida que evita en todo momento el sentimentalismo o la nostalgia. Consciente del fin, Varda se explica una vez más ante el espejo desde su irrenunciable pasión por la creación entendida como fase intermedia de un proceso que comprende primero la inspiración y, finalmente, compartir el resultado con los demás, con un espectador dispuesto a dejarse tocar por la obra.

Dividido en dos partes, su documental atraviesa primero, siempre con esa capacidad asociativa que descansa más en los ritmos, las figuras o las ideas, su larga carrera cinematográfica, que arrancaba en 1954 con La pointe courte y que ella misma decide cerrar con el pequeño fracaso de Les cents et une nuits, su particular homenaje al centenario del cine. Entre ambas, Cléo de 5 a 7 y su tiempo objetivo y subjetivo, La felicidad y sus colores, Una canta, la otra no y su feminismo alegre y combativo, Murs, murs y sus murales angelinos, Documenteur y su tristeza, Jean B. par Agnès V. y los múltiples retratos de la Birkin o Sin techo ni ley y su desesperación en travellings laterales nos dejan una filmografía esencial de la modernidad.  

La segunda parte se vuelca ya a ese fértil, lúdico y expansivo tramo final de su carrera que, pequeña cámara digital en mano (Los espigadores y la espigadora) o más allá de las fronteras de la pantalla, la han llevado a recorrer el mundo en busca de encuentros, rostros e historias a través de las que explicar lo privado y lo público, lo íntimo y lo social, pero también a reformular el concepto de arte visual a partir de lo cotidiano en una espléndida serie de instalaciones que han podido verse en La Fondation Cartier o el MOMA neoyorquino.

Entrando y saliendo de ese último escenario itinerante, engarzando con el ritmo de su voz y su discurso una idea (brillante, lúcida, sencilla) con otra, Varda por Agnès resiste los posibles peros críticos en su insobornable sinceridad testamentaria, en su contagiosa iluminación de los caminos del arte y la creatividad, en su gesto de dulce, comprometida y festiva resistencia al aciago destino de un mundo en conflicto. Desde su playa particular, en compañía de su gato Zgougou, Varda seguirá iluminando la historia del cine y el arte de los siglos XX y XXI siempre que la recordemos.