Bienvenidos a Marwen | Crítica Forrest Gump jugando a los soldaditos

Leslie Mann y Steve Carell, en sus versiones de juguete, en una escena de la película. Leslie Mann y Steve Carell, en sus versiones de juguete, en una escena de la película.

Leslie Mann y Steve Carell, en sus versiones de juguete, en una escena de la película. / D. S.

Aprecio a Zemeckis, director artesano que ha cambiado el rumbo de varios géneros y aportado iconos capaces de representar al cine americano con Regreso al futuro (1985) y sus continuaciones, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) o Forrest Gump (1994). Ahora filma la asombrosa historia real de Mark Hogancamp, quien tras sufrir una brutal paliza, estar en coma y sufrir lesiones cerebrales que incluyeron la pérdida de memoria halló una extravagante pero eficaz terapia que le permitió reconstruirse una vida y ajustar cuentas con un borroso pasado jugando con la muerte, la venganza y la violencia: crear en su jardín una maqueta que reproducía escenarios de la Segunda Guerra Mundial en el que muñecos de soldados GI Joe (los americanos eran él y sus amigos, los nazis eran sus atacantes) y sexys muñecas Barbie luchaban, mataban, morían y amaban con un alto grado de realismo. Y fotografiarlo en sus detalles como si fueran escenas de una fotonovela o fotogramas de una película. Cuando se conocieron sus fotografías se convirtió en un fenómeno que interesó a psicólogos y galeristas. En 2010 el documental Marwencol de Jeff Malmberg le dio fama mundial.

A Zemeckis esta historia fascinante le sirve para prolongar su gusto por las estrategias de supervivencia de los discapacitados –recuérdese su Forrest Gump– y por la fusión entre la imagen real y la digital (el camino que emprendió con Polar Express en 2004). Reconstruye en este último registro las visiones del protagonista utilizando la técnica de la digitalización de actores reales mezclados con los muñecos y narra con sobriedad su vida real. El resultado es desigual. Demasiado para Zemeckis, tal vez. Las dos partes no están bien ligadas. La reproducción del alucinado mundo en el que el protagonista vive sus aventuras con los muñecos y las muñecas es innecesaria y rompe por completo la historia real. El problema es que lo que le interesa a Zemeckis es este juego con la técnica. Mucho más que la vida real de su protagonista.

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