La ceniza es el blanco más puro | Crítica Arquitecturas de la derrota

Un toque de violencia (2013) marcaba un punto de inflexión en la trayectoria de Jia Zhangke, ilustre abanderado de la Sexta Generación del cine chino, en su deriva hacia los moldes genéricos (en aquel caso con una referencia explícita al wuxia) y un mayor control de los elementos narrativos y dramáticos para seguir hablando de los profundos y devastadores efectos de la rápida transformación socio-económica del gigante asiático en el siglo XXI.

Una inflexión que se prolongaba en Más allá de las montañas a través de una estructura episódica y un arco temporal más amplio que encuentra ahora, en esta espléndida obra de madurez que es La ceniza es el blanco más puro, una depuración si cabe más esencial de los estilemas y asuntos que atraviesan toda su filmografía desde Pickpocket (Xiao Wu, 1997) y que se escora hacia un cierto neoclasicismo que le permite una mayor flexibilidad formal y un acercamiento a los modos del melodrama como estructura de primer orden para sus relatos críticos.

El rostro fascinante e impertérrito de Tao Zhao y la inusitada fortaleza de su personaje siguen siendo la guía esencial para una historia de amor truncado, traiciones y derrota en tres tiempos, una derrota que es también la de todo un país, que la atraviesa en su conjugación del esplendor y caída de un mundo marcado por la desaparición de un régimen obrero, el crimen organizado, el pelotazo inmobiliario y empresarial, un clima de corrupción creciente y la violencia como nuevo lenguaje cotidiano, una violencia que en Jia siempre aparece estilizada.

La ceniza es el blanco más puro sitúa así en su epicentro a una pareja atravesada por el paso del tiempo, testigo de unas rápidas transformaciones en el paisaje físico y moral de un país de arquitecturas monumentales, canciones horteras, aspirantes a mafiosos, luces de neón, trenes bala y cámaras de seguridad donde las relaciones humanas han quedado relegadas a una suerte de animalidad básica o están supeditadas al intercambio, la extorsión, el enriquecimiento o el ascenso social a cualquier precio.

Ver atravesar a Tao Zhao estos paisajes de ida y vuelta, entre la ciudad-monstruo, ese volcán en el que se refugian los recuerdos de una utópica felicidad o bajo un cielo nocturno de sombras extraterrestres, es asistir a fogonazos de belleza, fidelidad, honestidad y resistencia ante la deriva de un país que parece haber sacrificado a toda una generación en aras de un desaforado tránsito hacia el neocapitalismo.