La última locura de Claire Darling | Crítica La casa de la memoria

Último, solitario y decadente vestigio del esplendor de una familia industrial de Verderonne, un pueblo cercano a París, Claire Darling (Catherine Deneuve) decide vaciar su gran casa repleta de mobiliario y objetos de valor, también de muñecos y autómatas que la han acompañado toda la vida y la de los suyos.

Sobre esta premisa inicial, basada en la novela de Lynda Rutledge, casi siempre en los límites de la casa y su jardín, el filme de Julie Bertuccelli (El árbol) se adentra en los senderos y vericuetos de la memoria de una mujer con síntomas de derrota y despedida, una mujer perdida y confundida en unos recuerdos que la película materializa en la convivencia de tiempos que se cruzan, relevan y solapan en un mismo espacio.

La última locura de Claire Darling asume así su condición de proyección mental testamentaria con entradas y salidas, desdoblada además en otros personajes como la hija reaparecida (Chiara Mastroianni) o los viejos amigos de la infancia, sobre los que recae también la tarea de rememorar algunos episodios dramáticos que ayudan a entender la deriva de Claire y su familia.

Una cierta pereza crítica nos empujaría a decir que la Deneuve salva el conjunto de una cierta dinámica rutinaria, pero ni siquiera es tal su peso en el relato como para llegar a esa fácil conclusión. Al filme de Bertuccelli simplemente le sobra obviedad y le falta intensidad, carne, vuelo y verdadera locura para despegarse de la literalidad redundante de su propuesta.