El gordo y el flaco | crítica Prodigioso espectáculo del gordo Reilly y el flaco Coogan

John C. Reilly y Steve Coogan en un fotograma de la cinta. John C. Reilly y Steve Coogan en un fotograma de la cinta.

John C. Reilly y Steve Coogan en un fotograma de la cinta.

El inglés Stan Laurel -que llegó a Estados Unidos en 1910 en la compañía de cómicos de Fred Karno, junto a Charles Chaplin- y el estadounidense Oliver Hardy unieron sus destinos por iniciativa de Leo McCarey en 1927. En los últimos años del cine mudo alcanzaron bajo la producción de Hal Roach un enorme éxito interpretando cortometrajes cómicos de gran originalidad en la explotación gestual de los dos tipos elaboradamente creados por ellos mismos -Laurel, el ideólogo del dúo, reescribía los guiones con un gran margen de libertad- basados en el clown blanco (el autoritario gordo) y el augusto (el llorón flaco) que ellos recondujeron hacia una tierna, amistosa y tonta indefensión que, de alguna forma, los igualaba. El enorme éxito internacional y la llegada del sonoro los empujó en 1931 al largometraje, sin abandonar los cortos por uno de los cuales obtuvieron el Oscar en 1932, en el que igualmente triunfaron. En 1940 dejaron a Roach por los grandes estudios Fox y MGM, iniciándose su época de decadencia hasta terminar su carrera cinematográfica -a excepción de un título en 1951- en 1945.

El crédito de su enorme popularidad, la emisión de sus viejas películas a través de la naciente televisión y el homenaje de Fellini a Stan Laurel construyendo sobre su gestualidad el personaje inmensamente popular de la Gelsomina de La strada, les permitió retornar a sus inicios teatrales haciendo giras por Estados Unidos y Europa, aunque cada vez con menos éxito, hasta su definitiva separación artística en 1955. En una de esas giras por Inglaterra, a principios de los años 50, se centra esta película deliciosamente humana y otoñal. Un homenaje que el cine les debía a estos grandes del humor loco y casi surreal cuya importancia -aunque sin alcanzar las cotas de Chaplin, Lloyd, Keaton y los Marx- no ha dejado de crecer con el tiempo (aunque me temo que sin alcanzar a los más jóvenes que tal vez -ojalá- los descubran a través de esta película).En su decadencia, lejos de un Hollywood del que los separa mucho más que un Océano, en un mundo que no acaban de comprender del todo, sólida y tierna -aunque no sin cicatrices- su amistad, con la ayuda y la carga de sus esposas no muy bien avenidas, perseguidos por los fantasmas de sus éxitos en los lejanos años 20 y 30, algo viejos, algo enfermos, algo tristes, el Gordo y el Flaco hacen sus casi últimas actuaciones ante un no muy numeroso público. Con este material el productor, realizador televisivo y director escocés Jon S. Baird ha logrado el dificilísimo reto de hacer una muy buena película engrandecida por dos interpretaciones antológicas. Un reto era recrear a esta pareja, cuyo humor se basaba en su tan reconocible físico y su imitada gestualidad, sin caer en la parodia o el museo de figuras de cera. Y otro reto era él mismo -sus limitaciones- porque si Baird había demostrado talento en sus éxitos televisivos para Chanel Four y HBO (Babylon, Vinyl o I’m Dying Up Here, proyectos avalados por Danny Boyle, Scorsese, Mike Jagger o Jim Carrey), no se puede decir lo mismo de sus dos largometrajes, Cass y Fith el sucio, pese al taquillazo del segundo.

Aquí nace un nuevo Baird que ha hecho un gran esfuerzo de contención y retorno a una narrativa clásica y transparente para no interponerse entre sus personajes y el público. Se vuelca en la dirección de actores sabiendo que el inmenso talento de John C. Reilly y Steve Coogan es el as que puede hacerle ganar la partida. Y la gana. Si Baird triunfa sobre los retos de recrear estas figuras y superarse a sí mismo, Reilly y Coogan triunfan ante a dos desafíos aún más difíciles, casi imposibles: rehacer los tan conocidos e imitados tipos y la mímica personalísima de Laurel y Hardy sin incurrir en la exageración y sin dejarse enmascarar por el extraordinario trabajo de maquillaje. Los interpretan, en el sentido musical del término, sin desafinar ni una sola vez, logrando momentos conmovedores tanto en el desvalimiento de su decadencia como en la gloriosa recreación de algunos de sus números más famosos. Dos interpretaciones milagrosas -por inteligentes- que convierten una buena película en una gran obra. Con ella estos dos grandes actores logran las mejores interpretaciones de sus carreras -lo que es mucho decir si sumamos los trabajos de uno con Paul Thomas Anderson y del otro con Michael Winterboton- y Baird dar un giro insospechado a su carrera.

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